​Aceptar los pedazos rotos para volver a volar



Somos vuelos imperfectos en un mundo que espera vuelos perfectos.

​Caminamos por la vida como si no tuviéramos cicatrices; ocultamos lo que dolió, caminamos recto mientras nos observan para descansar solo cuando no se siente el peso de un camino que duele a cada paso.

​En un mundo de productividad, logros, viajes, títulos y todo lo que quieras seguir sumando, caminar lento es revolución. Detener el paso cuando duele es extraño; todos los que van corriendo en la carrera de la vida se tropiezan y se molestan con el que va lento, como ocurre en ocasiones cuando en la carretera manejamos tras alguien que, para nuestro criterio, va lento.

​Vamos por la vida ignorando cicatrices nuestras y de los otros, una cansada actuación de perfección para encajar en un entorno en el que sabes con claridad que no es el tuyo; es como pedirle a una mariposa que camine en lugar de volar, o pedirle volar cuando llueve porque no se puede parar.

​Los animales tienen tanto para enseñarnos: las mariposas buscan resguardo si llueve muy fuerte porque las gotas pueden dañar sus alas; sin embargo, los seres humanos en algunas ocasiones nos amarramos las alas para no volar por el temor a intentarlo.

​En una sociedad de sueños prestados, de logros materiales, ¿dónde queda la pausa, el contemplar, la mirada cómplice a otro ser humano para construir un vuelo en conjunto que permita sopesar los momentos complejos, los pasos dolorosos y los días grises?

​Nos educaron en la individualidad, en ver al otro como una competencia y no como un aliado. Hace algunos días una situación me recordó que cada uno es un conjunto de historias que nos constituyen en lo que somos hoy: cicatrices, sueños derrumbados, pedazos rotos de lo que hemos construido a través de la vida transcurrida, momentos de orgullo, otros un tanto complejos que quisiéramos guardar en algún lado para que no nos recuerden las malas decisiones del pasado... Sin embargo, por más que lo ocultemos a los demás, uno conoce su historia, y no hay peor verdugo que la propia mente.

​Pero qué libertador es cuando te permites ser con otro ser humano que puede ver tu vuelo, algo roto, algo agrietado, los remiendos de historias pasadas, de luchas inconclusas, de miedos instaurados en algún momento en el corazón y la mente, y poder ver lo valioso de la historia; poder compartir un vuelo cargado de historias y aprendizajes, escuchar la melodía y también los silencios, y poder unir las historias para construir una nueva, sin tanto juicio, sin tantas expectativas, solo con la mirada genuina de que al frente existe un ser humano valioso y que hoy su valor lo dan, precisamente, las heridas que hoy son cicatrices, los pedazos de alma que se fueron quedando y que hoy constituyen su historia.

​Para poder aceptar el vuelo imperfecto de alguien que amas, el primer paso es reconocer que el vuelo propio tampoco es perfecto, que no siempre la melodía de la vida suena bien y que, aun así, vale la pena seguir en el proceso de construcción de sí mismo para poder construir con alguien más.

​Hoy la imagen de este escrito fue dibujada y pintada por mí, y me siento feliz de que mi obra me exprese y que este escrito la complemente. Gracias, amor, por ser parte de esta historia, gracias por ser mi soporte cuando la vida duele, gracias por permitirme amarte y gracias por compartir tu vuelo conmigo.


Un paso a la vez, un día a la vez. Sandra Jurado


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