¿A quién pertenece tu sueño? Un suspiro entre los 16 y los 38 años.
Aprendí que, a veces, por cuidar a alguien que amas, lo lastimas; que aunque crees que proteges, lo expones a peligros que parecían no serlo. Confías en personas que cuidan cuando, realmente, son las mismas que lastiman. Aprendí que cuidar a las personas que amo se volvió mi forma de compensar el cuidado que no recibí y lo confundí con mi manera de amar, porque pensaba que si yo cuidaba, a mí me cuidarían. Solo para darme cuenta, al final, que la ecuación no es lineal; que no funciona con una alcancía en la que guardas algo para luego reclamarlo.
Pues de esa misma manera elegí, muchas veces, vínculos que me lastimaron, porque finalmente elegía como de niña había aprendido que se sentía el amor: un amor ausente, lejano en contacto y presencia. Una ausencia que no comprendía; un rechazo que no era para mí, pero que yo vivía como si así lo fuera. Me pregunté tantas veces por qué mi papá no estaba en casa, o por qué no tenían tiempo para ir a verme jugar baloncesto, o a una presentación de danzas, o a mi primera obra de teatro. Recuerdo cómo veía llenarse el teatro y dos puestos vacíos aguardaban que ellos llegaran; y no llegaron. Siempre había algo importante, algo más por lo que preocuparse. Crecí con la convicción de que, por más que me esforzara, nunca sería suficiente.
Hace unos años siento que la vida me mueve hacia lugares tranquilos que, en los momentos de tormenta, temía que nunca lograría. ¿Quién me amará tan rota, tan frágil, tan sensible, tan yo? Desde pequeña aprendí a sentir escondida, a sonreír al mundo mientras mi alma lloraba. Me fui aislando y encontré en los libros la posibilidad de aprender de otros mundos. De adulta aprendí que sí me amarían aún con mis heridas y siendo tan yo, resguardada entre libros y ronroneos.
Recuerdo cuando estudiaba décimo grado; un día que parecía normal de colegio, llegó una psicóloga a hacer una actividad con nosotros al salón y luego le dije a mi mamá: «Quiero estudiar para ser psicóloga». Mi mamá me regaló un libro de introducción a la psicología que atesoré hasta que, como todo lo que atesoro, alguien me lo rompió, lo rayó y lo volvió nada. Recuerdo cómo lloré abrazada a mi libro; no podía creer que alguien pudiera hacerle eso a algo que era importante para mí. Y no era solo el libro, era el significado que tenía: la historia que contaba de esa adolescente que migró a una ciudad ajena para luchar por un sueño, estudiar psicología, para comprender por qué estaba tan rota, y por qué veía tan diferente el mundo.
Hoy, con lágrimas en los ojos, recuerdo esos momentos. Con algo de nostalgia y mucho orgullo me miro más de 20 años después con una biblioteca hermosa, llena de libros de mi amada carrera. Esos que leí cuidando que no se me dañaran las hojas, porque cuando estudié en la universidad leía copias subrayadas por otros y pensaba: «¿Cuándo será que pueda tener un libro original?». Hoy mi biblioteca está llena de libros originales; la miro con amor por lo que representan. Para quien la vea son solo libros apilados sin orden, para mi cada libro cuenta una historia de cuando lo leí, que aprendí y las luchas que significaba tener alguno de esos títulos en mi mano.
En esa mirada al pasado me pregunto qué estoy haciendo para construir mi futuro. Me preguntaron cuántos años de experiencia ejerciendo mi carrera tengo y respondí: «Once, construidos a pulso, aprendizaje constante y muchas trasnochadas». Y luego me preguntaron: «¿Cuántos años laborales te quedan?». Esa pregunta sacó un suspiro que llenó de aire mis pulmones y de lágrimas mis ojos al recordar a esa adolescente que salió de su pueblo natal con la ilusión y un libro pesado de psicología. Cuál era el llamado de mi alma en ese momento, a mis 16 años, y cuál es el llamado hoy, a mis 38.
Cada día voy aprendiendo a escuchar más a la vida, a mi cuerpo y a mí misma. Una situación que me sucedió al llegar a mi casa me dejó una enseñanza hermosa. Al llegar de una larga jornada laboral, solo añoraba ver a mis gatos y recargarme de ronroneos. La vida tenía algo preparado: la llave se quebró en mis manos y pensé que el hecho de que una llave encaje en una cerradura no es garantía de que abra la puerta. La misma llave que tantas veces fue la apertura a un lugar conocido, a mi hogar, esa misma llave ya no abre; se parte como si un calor extraño, que no logra percibir ni explicar, la derritiera.
Esto pasó justo el mismo día que me hicieron la pregunta de cuántos años laborales quedan. Si la llave que me abrió tantas puertas en el pasado y que hoy se siente segura ya no es la llave correcta; si es la misma puerta, pero ya no me conduce al mismo lugar; si ese camino, una vez seguro, ya no lo es... quizás el camino es por otro sendero sin puerta que puede tener otras expectativas y posibilidades. Así como ese día que, llena de ilusiones, inicié un viaje a una ciudad ajena y desconocida con algo claro: quería estudiar y luchar por ser alguien.
Crecemos en una cultura que nos repite desde pequeños: «Debes ser alguien». ¿Y qué es ser alguien? Muchas veces ese "alguien" es el que alguien más quiso ser y no logró, y ahora te lo impone en forma de sueño; ese por el que trabajarás, estudiarás y seguirás trabajando. ¿Nunca se han preguntado por qué son lo que son? ¿Si es su sueño o es el de alguien más? Si volvieras a elegir con el conocimiento de hoy, ¿elegirías el mismo camino: profesión, trabajo, amigos, gustos? Hoy, cuando me hago esa pregunta, tengo algunos "sí" y otros "no".
Al pensar en esto me siento triste. Cierro los ojos buscando encontrar la razón que activa esta emoción; no siempre es fácil identificarla. Una sensación de desilusión y angustia se atraviesa en mi pecho y se instaura en forma de dolor, buscando que mi cuerpo me comunique que algo no está bien. Pero, ¿qué es? La tristeza es un habitante conocido y estoy tratando de aprender su mensaje.
Aunque la tristeza guarde, en algunas ocasiones, la impotencia de una rabia no gestionada a tiempo, siempre me recuerda que cuando duele la vida, duele respirar. Sentir que el "corre-corre" de la vida se instaura y, en ocasiones, dificulta disfrutar lo sencillo, me genera una sensación que aún no sé cómo nombrar.
«El trabajo dignifica al ser humano», he escuchado muchas veces. Pocas veces se escucha que el trabajo limita la posibilidad de ser, de disfrutar, de crear. El eterno retorno de Nietzsche viene a mi mente en este momento y mi respuesta es: quiero hacer algo diferente. Un paso a la vez, un día a la vez. Algo que me conecte con la ilusión de vivir; con esa ilusión con la que quise recorrer el mundo y aprender de psicología.
Voy un paso a la vez, un día a la vez, Mile Jurado

Tu creas la llave de la puerta que quieras abrir...
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ResponderBorrarLas posibilidades son infinitas 🥰
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