A veces no se trata de cambiar la historia, sino de aprender a mirarla distinto.
La vida está llena de historias que son contadas como las recordamos, y en ese recordar nuestra memoria tiene un sesgo. Recordamos lo que más nos impactó y los momentos que nos dolieron quedan grabados más fuerte en nuestra psique. Es un mecanismo hermoso que busca protegernos ante la posibilidad de volver a sentir eso que tanto nos dolió.
Sin embargo, a lo largo de los años compruebo la importancia de reescribir una historia que no podemos cambiar como pasó, pero sí podemos resignificar lo que nos genera en la actualidad. Este ejercicio lo he realizado acompañada de terapia para reescribir mi historia, no solo con lo que recuerdo, sino integrando algunos detalles que quizás se omitieron al momento de memorizar.
En algunas historias somos protagonistas; en otras, villanos, antagonistas o incluso extras. Y cada historia deja una huella en las personas con las que compartimos. Algunas historias son contadas de generación en generación y nos permiten conocer personas con las que no interactuamos, pero que a través de esos relatos se sienten cercanas.
Mi historia comenzó hace 37 años en un pueblo llamado Sonsón. Crecí entre montañas, mañanas frías, atardeceres hermosos y la tranquilidad de un lugar en el que se caminaba sin afán por sus calles, también llenas de historias. Recorrí tantas veces las calles principales que hoy mi mente las revive al recordar las carcajadas mientras caminaba con amigas, los desfiles en los que participé y las historias que construí allá. Orgullosamente pueblerina, y cada vez que puedo regreso a él, viendo la transformación de un pueblo que desde mi adolescencia empezaba a cambiar, dejando la tranquilidad para dar paso al desarrollo.
Recuerdo cuando llegué a Medellín para estudiar. Miré la ciudad y me pregunté: ¿esta ciudad tan grande y yo tan pequeña, seré capaz de adaptarme? Llegaba con una maleta llena de ilusiones y también de temores, pasando de la tranquilidad del pueblo a una ciudad donde debía aprender qué bus tomar, dónde bajarme y cómo no perderme. Paso a paso aprendí a moverme en ella, y hoy, 20 años después, al mirar por el retrovisor de mi vida, me alegro por el camino recorrido y la seguridad con la que recorro las vías principales de la ciudad, aún llena de sueños y algunos temores que me protegen.
Recuerdo cuando, a los 16 años, montada en un bus, me despedía de mis papás. Aún recuerdo sus miradas y mi sensación de susto mezclada con alegría por la oportunidad de estudiar y abrirme camino. No ha sido fácil, pero ha valido la pena cada paso, cada tropiezo, cada pausa, cada vez que perdí el rumbo para luego encontrarlo de nuevo. Como dice mi mamá: “Todo es perfecto”. Estoy aprendiendo a perdonarme y a comprender que lo que llega es porque estoy preparada para vivirlo, verlo y, sobre todo, valorarlo.
Hoy valoro el amor que tengo porque reconozco el valor del hombre que acompaña mis pasos, que abraza mi fragilidad y con su mirada me acompaña en este proceso de sanar. Agradezco la cantaleta de mis papás, la confianza de permitirme volar a una ciudad inmensa. Hoy los miro con más admiración y gratitud que en mi adolescencia, porque comprendo que soy el resultado de lo que sembraron con amor.
Hoy, cada día, busco ser una mujer que habita los espacios con calma, admira un atardecer y disfruta un café recién molido y, si es al lado de un ser que ama, vivirlo en presencia plena.
A mis 37 años me descubro asistiendo a espacios que me encantan y me hacen preguntarme: ¿cómo fue que olvidé que esto me gustaba? Hoy disfruto mi vida de una manera diferente. Agradezco las posibilidades que encuentro y los momentos que elijo, que recargan mi corazón y mi alma.
Estoy aprendiendo a construir mi sello. Hace unos años atrás, cuando sentí que no sabía cómo seguir ante el inminente derrumbamiento de lo que había construido, la pregunta “¿Qué disfrutas hacer?” me rompió al no saber responderla. Hoy miro ese momento con cariño, porque me recuerda lo importante del camino recorrido para encontrar la respuesta. Habitar la pregunta me ha enseñado mucho y me seguirá enseñando.
Hoy disfruto de mi compañía. Aún tengo conversaciones difíciles conmigo misma en las que me pregunto por qué siento ansiedad, qué me está diciendo mi cuerpo, esa opresión en el pecho, esa alerta constante, ese deseo de huir. Pero ¿cómo huir de mi mente?
En esos momentos, cuando me encuentro conmigo en soledad, al cerrar el libro, apagar la luz e intentar dormir, estoy aprendiendo a caminar despacio, sin huir. A respirar profundo, a conectar conmigo y a decirle a mi niña interna: hoy hay una adulta a cargo. Una adulta que no se las sabe todas y nunca lo sabrá, y que eso no está mal. Sin embargo, hoy esa adulta se hace cargo de sí, se cuida, se abraza, se ama, se escucha, cada día más.
La historia se sigue escribiendo con cada decisión, con cada momento vivido que suma experiencias, con cada risa, abrazo, beso, algunas lágrimas y seguramente momentos de tristeza. Quiero seguir escribiendo mi historia, eligiendo cómo contarla y, sobre todo, cómo recordarla con amor.
Un paso a la vez, un día a la vez.
Mile Jurado
Pa' delante mi Sonsoneña!
ResponderBorrarGracias por compartir y es decir, qué los problemas no se evaden, se enfrentan. Y luego se abrazan. Super 👏
ResponderBorrarGracias, Lilly 🥰
ResponderBorrarAsí es las situaciones se enfrentan día a día 🥰
ResponderBorrarSiempre te digo que admiro mucho la forma en la que te estás habitando y la forma que encuentras para plasmar siempre lo que pasa por tu mente, con todo lo que eso implica: lo bonito y lo incómodo. No todo el mundo se atreve a mirarse así de frente. Qué privilegio verte construirte!!!
ResponderBorrarGracias, Linis, por hacer parte de mi historia y recorrer conmigo este proceso.
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