¿Y si la depresión fuera una llamada a despertar?



Una obra en construcción sin moldes ajenos

«La depresión llega para enseñar a parar, a escucharse y a comprenderse. Miré al sinsentido a los ojos y aprendí que el único aplauso que necesito es el mío cuando me miro y elijo ser coherente con quien soy.»

De qué color se viste la tristeza: una película (Intensa-Mente) la vistió de azul, pero también se viste de todos los otros colores; se sabe camuflar muy bien entre risas y abrazos, entre productividad y buenos resultados, pero llega un momento en que la vida hace un alto, en el que no puedes ignorar más la tristeza que habita el alma.

En ocasiones ni nosotros mismos nos vemos en el estado en el que estamos, nos acostumbramos a la máscara que construimos y preferimos no mirar nuestro reflejo en el espejo o peor aún ignorarlo porque nos da más temor enfrentarlo que ocultarlo, y por eso necesitamos que alguien más sea quien nos vea, que alguien se tome un momento para decirnos: «usted no está bien, le pasa algo», y aunque en ocasiones a esa pregunta salgamos con un «no me pasa nada», «me duele la cabeza» o «no dormí bien», en el interior sabemos que algo no anda bien. ¿En qué momento alguien ve el vacío que llevas y sin preguntar te limpia lo que empaña para que puedas ver mejor?

Van pasando los días hasta que llega un momento en el que en silencio te preguntas qué te sostiene cuando ya no queda sobre qué sostenerte, cuando te das cuenta de que solo queda el vacío, cuando comprendes que la lucha es una sin sentido y que lo único asegurado es la muerte, pero que sin embargo quieres vivir, pero no la vida que llevas sino una que te permita sentirte vivo.

Fue así como sentí que algo dolía más de lo normal y qué difícil fue reconocer que lo que me dolía era la vida, el relato que me estaba contando, el peso de las expectativas, los logros que nunca llegarán, los sueños que guardé en un cajón para que se llenaran con polvo de olvido. Aprendí que la vida me dolía cuando no sabía o no lograba entender qué quería decir mi cuerpo, cuando al parecer afuera me conocían mejor y tenían claro qué debía hacer para dejar de sentirme así; ojalá yo tuviera la misma claridad y certeza de que si duermo bien un día, lo que siento desaparecerá. ¿Será que no lo estoy haciendo bien?, me pregunto constantemente; ¿será que me falta dormir mejor, controlar mis pensamientos, no dejarme afectar tanto? Es lo que pienso cada vez que me dicen: «no es el entorno, es cómo tú lo interpretas», «no es esa persona, es que tú le das demasiado poder», «dejaste que te vieran llorando y ahora quién te va a respetar», «pero si es tan fácil poner límites, usted por qué no los pone», y la mejor de todas y más reciente: «usted no puede estar así, si usted es mi líder entonces a mí quién me va a dar moral».

Este proceso me enseñó en carne propia la poca capacidad para comprender el sufrimiento del otro, cómo invalidamos el sentimiento cuando no lo entendemos o peor aún cómo le decimos al otro que no es para tanto. En un momento de inmensa vulnerabilidad me pregunté: ¿tengo que pedir permiso para estar triste? En una conversación alguien me dijo: «a la edad que tienes ya deberías aceptar tu sacrificio, esto es la vida». Y aunque en ese momento me quedé en silencio, internamente pensaba: me niego a aceptar que esto es la vida, me niego a aceptar que todo se resume a un sacrificio. Ya la religión católica lo refuerza lo suficiente: «Jesús se sacrificó por ti». ¿Por mí? No, yo ni siquiera existía cuando eso pasó, ¡si pasó!, y ahora cargo un peso por una decisión de otro; no puede ser. Y otra frase que también escuché y a la que no respondí fue: «si Jesús cargó su cruz, usted acepte la suya»: hágame el favor, una apología al sufrimiento, a la pérdida del sentido, a una vida no vivida. Y así muchas otras frases que me hacían sentir mal por estar mal.

Hasta que comprendí por qué es mejor contestar que estoy muy bien, antes de decir realmente cómo me siento; para qué decirlo, si finalmente nada de lo que me dicen me hace sentir mejor, solo me dejan llena de angustia y una frustración por haberlo contado.

Poco a poco fui entendiendo que la vida no pesa en su totalidad; lo que me pesaba eran las decisiones no tomadas, las traiciones a mí misma en nombre de otros, ignorar esa vocecita que me dice «puedes, vamos a hacerlo», esa que cuando me acuesto en una terraza a ver la inmensidad del cielo al lado del hombre que amo me recuerda: hoy duele la vida, pero puedes estar mejor; no sabemos cómo, pero vamos a estar mejor. Y con un cúmulo de momentos de tristeza, de preguntas, de llantos mientras manejaba, o cuando parqueaba y me quedaba llorando en el carro por el sinsentido en que sentía que se había convertido mi vida, un día llamé a mi terapeuta y le dije: «no estoy bien, llevo varias semanas tratando de que la tristeza no salga y ya no la puedo contener». Con la voz entrecortada y recostada mi cabeza en el volante de mi carro, le dije: «ayúdame, no puedo seguir así», y acepté que estaba pasando por un episodio de depresión.

Y para alguien como yo, recibir ese diagnóstico me llenó de preguntas que les quiero compartir hoy como aprendizaje: ¿Qué es la depresión y qué se ha dicho al respecto?, y ¿ahora cómo voy a transitar este momento para salir de él escuchando mi cuerpo y mi alma?

Clínicamente, la depresión es un trastorno del estado de ánimo que altera la energía, el pensamiento y el cuerpo; pero desde una mirada integral, es tanto una parálisis existencial de sentido como un mecanismo neurofisiológico de supervivencia (vagal dorsal) que apaga el sistema cuando el entorno o la experiencia se vuelven insostenibles. Pero ¿por qué llegar al estado de que algo se vuelva insostenible? Es como si estuviéramos sosteniendo una soga que lastima las manos, pero preferimos el sangrar a soltarla, preferimos el dolor de una vida conocida a sanar para no sangrar y tomar una soga que no nos lastime sino que nos impulse, hasta que un día simplemente sueltas y ves el daño que te hiciste por sostener algo que solo tú decidiste sostener.

Otro autor muy interesante, Kierkegaard (padre del existencialismo), define que la depresión cumple la función de una alerta espiritual o llamada al despertar. Y ese concepto me pareció hermoso no solo por mi orientación existencialista sino porque era lo que sentía: una alerta de que la vida no puede seguir igual. Para Kierkegaard, la desesperación que termina en una depresión es dolorosa, pero sin ella el individuo viviría en la ilusión, en el conformismo de la masa. El estado de desesperación última obliga al sujeto a dar un «salto de fe» y elegir reconstruirse desde lo auténtico. Y comienza el reto: reconstruirse desde lo que hace vibrar al alma, no desde los estándares sociales; y es un romper paradigmas que, aunque duele, también aprendí que duele más no hacer nada. Empezar a escucharme fue un encuentro hermoso con mi yo real, creativo, auténtico. Aún me estoy construyendo y es un proceso de vida constante, y me encanta encontrar pasiones diferentes, disfrutar la lectura de un libro en el silencio de mi apartamento, jugar en el jardín, ver florecer mis plantas, una pausa en un mundo que va en una carrera sin sentido. A veces manejando observo cómo algunos conductores de motos y carros manejan con tanto afán que ponen en riesgo su vida, y me pregunto: ¿para dónde irán con tanta prisa?, ¿será más importante el afán o llegar? Y eso mismo lo aplico a mí cuando conduzco: me disfruto el camino, escucho una canción a todo volumen en un semáforo, no miro el celular, pauso, pienso, disfruto; estoy dejando de luchar y me encanta.

Cada aprendizaje me llenaba de inquietud por seguir leyendo, por seguir aprendiendo, y fue cuando comprendí que fue necesario ese momento para volver a tener libros académicos de psicología sobre mi mesa y lo apasionante que era tener un libro, lápiz, sacapuntas y borrador listos para aprender. Desde la carrera sabía la definición de depresión y acompañé personas en situaciones complejas que me permitieron ver el sufrimiento del otro, pero lejos estaba de ver el mío.

Entre todos estos aprendizajes, preguntas, lágrimas y momentos en que la victoria más grande era levantarme, tuve muchas manos y corazones que me acompañaron en el camino. Recuerdo una conversación con mi pareja en la que le decía que la depresión es una enfermedad bonita, con muy mala prensa. ¿Quién quiere estar al lado de un deprimido? Si ni uno mismo quiere estar con uno... Fue así como comprendí que solo a alguien que de verdad le importas puede soportar tu oscuridad así como tu luz.

La depresión llega para enseñar a parar, a escucharse, a comprenderse. Hace unos días me preguntaba cómo me traduzco, cómo expresar lo que siento para que quienes son cercanos puedan comprender lo que me pasa. Esa reflexión me llevó a decirle a mi mamá: «no estoy bien», y ella me dijo: «¿qué tiene?, ¿qué le pasó?, ¿le duele algo?», y yo le dije: «me duele la vida y necesito ayuda». Ella siempre es mi primer contacto, a quien sé que le puedo pedir si me hace una comida de mamá de esas que me hacen sentir que todo va a estar bien, porque no está mal sentirse así. Es un momento de quiebre que, dependiendo de quién estés rodeado, la lucha será más o menos llevadera. No se sale sin luchar con un estado emocional que dice todos los días que ya no vale la pena intentar, que ya lo intentaste demasiado.

En ocasiones, en esa búsqueda de ayuda también di con personas que no entendían y me herían con sus palabras, y finalmente comprendí que existía la posibilidad de que se encartaran con lo que expresé o quizás se sentían reflejados y, así como cuando tú preferías esconder que mirar, para ellos fue más cómodo criticar, ofender, minimizar lo que sentía que acompañar. Son estos momentos los que muestran la calidad de relaciones y personas de las que estás rodeado.

Así fue como en un momento de dolor recibí una respuesta que me dejó derrumbada y recuerdo que me pregunté: ¿por qué esperas humanidad de alguien que sabes que no la tendrá contigo? Es la pregunta que rebota en mi mente ese día mientras las lágrimas recorrían mi rostro sin pedir permiso. A lo largo de ese día lo pensé, comprendí que no puedo esperar que otra persona comprenda una situación como yo lo haría; ya solo pensarlo es pretencioso, pensar que la forma correcta es la mía. Sin embargo, hay situaciones que me confrontan demasiado y esta fue una de esas. Vamos tan rápido, tan llenos de reuniones, de correos pendientes, de informes urgentes que no vemos el ser humano que habita nuestro entorno; solo nos importa que el resultado se logre, que la llamada se realice, que el pedido se cumpla.

¿Cómo esperar humanidad en los adultos si nos enseñan desde pequeños que el frágil no sirve, o que el que es muy sensible está destinado al exilio por sentir? No justifico la falta de humanidad, pero al final de este ejercicio llego a la conclusión de que no quiero perder mi humanidad, y llega el reto: cómo ser flexible y exigir, cómo aprender que la autoridad es muy diferente al autoritarismo. No quiero perderme para darme cuenta de un entorno que ignora a los frágiles mientras nadie observe.

Este escrito nació en un día de inmensa tristeza, angustia y pelea, y sale a la luz meses después gracias a quienes escucharon mi llanto, a quienes me han acompañado paso a paso en unos meses de reto y sobre todo de aprendizaje. Viví este momento para sentir lo que se siente estar en un hueco oscuro que no entra ninguna luz así afuera esté muy iluminado, comprendí en mi piel lo que es no sentir deseos ni de ponerse en pie, y hoy como un grito de guerra puedo decir que aunque sigo aprendiendo, miré al sinsentido a los ojos y aprendí que solo cuando miré a la muerte de frente comprendí que no valía la pena vivir por los mandatos impuestos de una sociedad que demarcó lo correcto, que mi sentido de vida no se construye de títulos acumulados en una pared, cargos o aplausos, que el único aplauso que necesito es el mío cuando me miro y elijo cómo expresarme, ser coherente con mis principios sin esperar que los demás lo sean, soltar el peso del «deberías ser» y simplemente ser, sin pisotear a nadie, pero sí luchando porque mi voz sea la mía y no la de otros que quieren acallarme. Es complejo y da miedo, pero mi pareja me dijo: «si te da miedo, ese es el camino», y acá voy, un paso a la vez, construyendo mi vida, recogiendo los pedacitos en los que me rompí no para caber en un nuevo molde sino para reconstruirme como una obra en construcción llena de matices, colores, alegrías y seguramente nuevos llantos, pero reconociendo que tengo personas maravillosas a mi lado que toman mi mano, abrazos que reconfortan el alma y cuidados que me hacen sentir en casa.

Un paso a la vez, un día a la vez. Sandra Jurado

Les dejo 2 canciones que espero disfruten












Comentarios

  1. Darse cuenta, aceptar, trabajarlo y seguir avanzando y aprendiendo... 👌

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