Recordar como un acto de resistencia


¿Somos nuestros recuerdos o somos nuestros olvidos?

Así como le pasa a los lugares, también nos pasa a nosotros: nuestra historia tiene baches en la manera en que la recordamos. A veces el olvido no es un acto voluntario, sino un mecanismo que nos protege. Sin embargo, este mismo filtro nos pone en el mismo riesgo en el que cae la humanidad cuando se olvidan situaciones de violencia, dolor y destrucción.

El olvido ha sido explorado por la psicología existencial como una postura ante la finitud, el sentido y la libertad. Rollo May, en El manantial del silencio y La necesidad del mito, aborda cómo la mente necesita soltar o transformar el pasado para recuperar la libertad de elegir e interactuar con el presente. Por su parte, Viktor Frankl, en El hombre en busca de sentido, explica que desprenderse del peso de lo que ya no se puede cambiar es esencial para orientar la «voluntad de sentido» hacia las posibilidades del futuro. El olvido funciona así como un distanciamiento necesario frente al sufrimiento desgarrador para permitirnos seguir adelante. No recordamos todo porque no podemos habitar todo a la vez: olvidar nos permite construir un significado presente sin quedar atrapados en la facticidad del pasado.

Sin embargo, desde esos recuerdos también percibimos la vida: lugares alegres, lugares tristes, algunos cargados de nostalgia e impotencia; lugares llenos de historias borradas por el paso del tiempo de la memoria de quienes los habitan. Lugares y personas transformadas en recuerdos de algún acontecimiento; esa indolencia del olvido que nos lleva a cometer los mismos errores creyendo que lo estamos haciendo bien, simplemente porque desconocemos la historia que, si la tierra, el cielo, los ríos o el aire pudieran contar, nos pedirían con ojos de locura que no olvidemos lo que por allí pasó.

Ante situaciones que considero injustas, me gusta preguntarme: si quienes vivieron, por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial vieran que muchos años después se repiten atrocidades similares —con la diferencia de que hoy nos enteramos en tiempo real a través de redes sociales de situaciones que no eran tan visibles en esa época—, ¿qué nos dirían?

¿Qué aprendizaje podríamos traer de esos tiempos para no repetir los mismos momentos? No como un ancla al pasado, sino como una lección de otra época que nos impulse a hacerlo diferente y a reconocer que, como humanidad, venimos viviendo en guerra desde todos los tiempos. Desde el oscurantismo medieval, pensar, cuestionar o tener una mirada diferente a la del poder ha puesto en riesgo la vida. El poder ha demarcado lo «correcto» en cada época, aunque siglos después se descubra que no lo era. Y eso me hace preguntar de qué parte de la historia quiero estar, esperando tomar decisiones con las que pueda vivir más adelante.

A lo largo de la historia hemos aprendido que el poder es quien define la verdad. Para Michel Foucault, la verdad no es una realidad objetiva ni eterna esperando ser descubierta, sino una construcción social e histórica producida por y para el poder: cada sociedad tiene su propio «régimen de verdad» que determina qué se acepta como cierto y qué se excluye como locura.

Hoy, más de 50 años después de que Foucault escribiera sobre esto, vivimos en una sociedad ansiosa y deprimida dentro de un entorno que justifica estarlo. Como lo plantea el filósofo Byung-Chul Han en Psicopolítica, el poder contemporáneo ya no necesita la represión sangrienta del pasado: opera de forma seductora y amable, guiando nuestra voluntad a su favor y haciéndonos creer que somos totalmente libres mientras asimilamos sumisamente la narrativa que nos imponen.

Comprender estos conceptos, cuestionarme y luchar con ellos me ha permitido mirar a los ojos mi reflejo en el espejo. A mis 38 años, me ayuda a intentar entender qué me está pasando en este momento en el que me siento perdida en el mundo, como si fuera un círculo rodeado de cuadrados. En la universidad me encantaba leer a Foucault; cuando me gradué, lo guardé en el rincón de los recuerdos y por muchos años pensé que era un concepto olvidado. Sin embargo, hoy me doy cuenta de que solo estaba esperando en mi memoria para cuando necesitara volver a usarlo.

Hoy mi vida se mueve en un momento de turbulencia que me ha regresado a lo básico. Con esta reflexión, miro mi pasado y pienso en esa niña que creció pensando que Sonsón era grande y que la felicidad era caminar por la finca con su abuelo; esa niña que corría por los campos verdes y se subía a los árboles para comer fruta o jugar entre sus ramas... Es imposible no suspirar al recordar la sencillez de la vida y cómo, en esa sencillez en la que crecí, mi alegría más grande era visitar Medellín y verla como una ciudad inmensa que hoy recorro en mi propio carro. Olvidé la curiosidad de contar carros cuando bajaba por Las Palmas, porque ahora soy yo quien maneja uno de ellos. Si esa niña me viera hoy, me diría: «¿En qué momento logramos todo esto?».

Qué tan necesaria es esa mirada al pasado para reconocer lo alcanzado, pero también para recordar los caminos que no quiero volver a recorrer. A veces me siento tan soñadora al pensar que, como humanidad, también podríamos elegir no repetir senderos dolorosos en los que nos destruimos unos a otros.

Crecemos llenos de ideales, muchos de ellos instaurados a través del proceso educativo que implica crecer. Somos hijos de cada época y, como me decía mi mamá cuando se pusieron de moda los pantalones bota campana nuevamente hace pocos años —reencauchados de los años 70—, la vida repite ciclos. Lo que para unos es novedad, para otros ya fue historia. Esa misma frase la escuché varias veces en la serie de Cien años de soledad.

Me impacta cómo las luchas por los derechos también se repiten cíclicamente y cómo, como sociedad, disfrutamos de los avances logrados gracias al sacrificio de quienes nos precedieron. Pero lo que más me sorprende es el discurso que se instauró para hacernos creer que nos hacen un favor al brindarnos aquello que simplemente por ley nos corresponde.

Nuevamente, el poder intentando demarcar qué es lo correcto... y nosotros, en el ejercicio de recordar, eligiendo no olvidarlo.

Un paso a la vez, un día a la vez. Sandra Jurado




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