El propósito no es una fórmula mágica

De la prisa por encajar a la lección de la enfermedad y el reencuentro con mi niña interna

​«La enfermedad llegó a recordarme que me había apagado para encajar en un mundo donde, por más que me hiciera pequeña, mi alma no se sentiría cómoda. El propósito no es una fórmula externa: es volver a lo esencial y ser el ser humano del cual tu niña interna se sienta orgullosa.»

​¿Qué es tener un propósito claro? ¿Cómo construir uno? Durante mucho tiempo pensé que el propósito era algo que se encontraba afuera, una meta lejana o un logro que debía alcanzar para validar mi lugar en el mundo.

​En el colegio recuerdo que me enseñaban los dones del Espíritu Santo para explicar eso en lo que uno era bueno. Ya de adulta, muchas veces me pregunté cuáles serían los míos. Un día asistí a un seminario con unos monjes de la orden de los Terciarios Capuchinos, en un lugar que frecuentaba en un año turbulento. Llena de preguntas, encontré en ese espacio una pausa para orar, para aprender y, sobre todo, para intentar comprender qué se suponía que era mi propósito en este mundo.

​Como he escrito en otros momentos, la elección de mi carrera fue algo que desde el colegio tenía claro. Sin embargo, por diferentes situaciones, la comencé a estudiar a los 23 años; según las proyecciones sociales del mundo actual, ya era «muy tarde» para iniciar una carrera. Aún así, la estudie y fui feliz, y en el camino me encontré con personas maravillosas que hoy, varios años después, siguen siendo mis amigos.

​En ese seminario, la pregunta «¿cuál es tu don?» fue como una llamada de atención. ¿Cuál era mi don? Seguí escuchando atenta la explicación, esperando la fórmula que me ayudara a encontrarlo, pero no fue así. La tarea continuaba, por lo que le pregunté al monje: «Y si yo no siento que tenga dones, ¿entonces qué debo hacer?». El monje me respondió: «Escucharte más a ti y menos a los demás». Esa respuesta me dejó pensando: «Mmmm... muy bien, ¿y ahora qué hago?».

​Esa experiencia se la llevé a mi psicóloga en terapia y con ello iniciamos un camino hermoso de pasos firmes, otros un tanto temerosos y muchos con los ojos llenos de lágrimas, pero con la confianza de que el proceso valdría la pena.

​Hoy, cuando me preguntan por una herramienta rápida para dejar de sentirse mal, recuerdo mis meses de camino. Si algo me quedó claro de todo lo que he transitado, es que no existen soluciones mágicas ni inmediatas para estar mejor: existen horas de esfuerzo, días de llanto y muchas preguntas por resolver. Así como lo viví yo, comprendí que la respuesta no se encuentra en un libro , un podcast, tod0 afuera es información y cada uno cuenta con el potencial de integrarla a su vida o ignorarla.

​Pero ¿cómo no buscarla afuera si fue lo que aprendimos de pequeños? A veces pienso que nacemos con un plan soñado por nuestros padres para nosotros, como si fuéramos un proyecto de mejoramiento, una versión mejor de ellos. Sin nacer, ya nos tienen nombre, planes y temores; a medida que vamos creciendo, olvidamos esos talentos con los que nacemos ante tanto ruido externo. Nunca nos enseñaron a escucharnos, a preguntarnos realmente por qué queremos algo, por qué nos comportamos de una u otra manera, por qué soñamos con lo que soñamos.

​Esas preguntas, hace algunos años, me llevaron a querer un cambio en la manera en que venía viviendo. Han sido años de grandes retos, pero también de grandes satisfacciones: perdí personas y encontré a otras, solté sueños que comprendí que no eran míos e inicié un camino de retorno a mí, a mi propósito y a mis propios anhelos.

​Sin embargo, en medio de esa búsqueda y aunque ya estaba en terapia, seguía exigiéndome de más, intentando sostener expectativas ajenas y esforzándome por encajar. Así fue como una enfermedad llegó a recordarme que me estaba apagando de nuevo para adaptarme a un mundo en el que, por más que me hiciera pequeña, mi alma no se sentiría cómoda. Me ignoré por tanto tiempo que la única manera de realmente tomar acción fue cuando mi cuerpo me frenó en seco. Cuando era tanta la tristeza, no tenía sentido levantarme: abría los ojos y las lágrimas salían; al dormir pasaba igual, apenas los cerraba, las lágrimas buscaban salida. Recuerdo que lo hablé con mi pareja y con mi terapeuta, y ambas me dijeron: «Necesitas parar».

​«¿En qué momento me dejé apagar tanto que ya no sé cómo regresar a mí?», me preguntaba constantemente. Sin embargo, esa pausa fue diferente: me escuché, leí lo que quería y por días no salí del apartamento. Cada día me levantaba —unos más fáciles que otros— y me miré al espejo para prometerme que no me perdería tanto nuevamente.

​El camino de retorno es lento, pero rodeado de las personas correctas vale la pena recorrerlo. Este proceso me enseñó que quien realmente está cuando no tienes más que ofrecer que tu tristeza es a quien vale la pena tener a tu lado. Poder expresar que te sientes mal sin ser juzgada es el mejor regalo que alguien que te quiere te puede ofrecer.

​En todo este proceso comprendí que no es solo un don, que todos tenemos dones o talentos escondidos esperando a que los miremos. Entendí también quiénes eran mis verdaderos amigos, aunque antes me empeñara en sostener a otros con los que tenía claro que no eran a las personas a las que recurriría cuando fuera necesario.

​Mi momento de mayor oscuridad me enseñó que en todo hay luz, aunque nos neguemos a verla; que la enfermedad llega para mostrarte que te has descuidado. Volver a lo esencial no es una receta fácil: exige el compromiso diario de dormir bien, alimentarse bien y relacionarse bien, aun cuando el entorno nos empuje a lo contrario.

​Tener un propósito claro no es un título ni un gran reconocimiento externo: es conocer la razón profunda por la que te levantas todos los días. Para mí, hoy no es otro que ser el ser humano del cual mi niña interna se sienta orgullosa: jugar con pinturas, dibujar para expresar lo que con letras no puedo, y ser más luz para otros en un mundo donde se suele apagar el brillo ajeno por temor.

​Elijo ser quien ilumine el camino de otros para salir de la oscuridad, así como lo hicieron conmigo una vez.

​Un paso a la vez, un día a la vez. Sandra Jurado






Comentarios

  1. Primero quiero reconocerte por tener la valentía de poner en palabras(cosa que siempre te reconozco) algo tan personal y convertirlo en Luz para otras personas y más sabiendo que "un paso a la vez" no es solo una frase bonita. Y qué bonito verte llegar a esta conclusión: que quizás el propósito nunca fue convertirte en alguien diferente, sino regresar a esa Sandra que siempre estuvo ahí.

    Espero que nunca vuelvas a hacerte pequeña para caber en lugares que no tienen espacio para todo lo que eres.

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  2. Cómo alguien que ha cambiado de carrera puedo decir que nuestro propósito de vida es maleable...dependerá del momento evolutivo y consciencial en el que nos encontremos, debemos escucharnos a nosotros mismos y no a los miedos y temores de los demás... Fuerza y para adelante siempre!

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  3. Eres Luz para muchas. Te admiro muchísimo 💕

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