Cuando la vida se evacúa a sí misma

La urgencia de volver a lo humano


Me sorprende la facilidad con la que olvidamos lo que es importante. Un sismo nos recuerda que somos frágiles: que eso que damos por sentado se puede acabar en cualquier momento.

El lunes 10 de agosto, en medio de la evacuación, timbró mi celular. Cuando vi en la pantalla quién era, contesté de inmediato. Me preguntó: «¿Estás bien?», y le dije: «Estoy evacuando al personal, apenas salga te llamo». En ese momento no estaba dimensionando lo que pasaba: ¿y si no salía?, ¿o si no lo volvía a escuchar? Hoy, una de las cosas que más extraño es no poder escuchar la voz de mi nana preguntando cómo está su niña, y en aquel momento di por sentado que lo iba a volver a escuchar.

Al salir del edificio lo llamé inmediatamente y, al saber que estaba bien, me comuniqué con una amiga que me necesitaba; luego con mis papás y, por último, monitoreé a mis gatos. Por un momento sentí la impotencia de que la llamada no saliera y la angustia de la incertidumbre por no saber si mi mamá y mi amiga estaban bien. Pero fue algo fugaz.

¿En qué momento se nos olvida que la vida es frágil? ¿En qué momento nos dejamos convencer de que lo importante puede esperar, de que las horas nos darán la respuesta a eso por lo que ni nosotros mismos nos movemos? Ese día evacuamos un edificio para cuidar nuestra vida; sin embargo, todos los días nos evacuamos a nosotros mismos para cuidar algo que, para este momento, no sé qué es: esa promesa de salir adelante, ese anhelo de que, si se trabaja duro, algún día se pueda crear ese pedacito de cielo en la tierra en el que puedas hacer algo con lo que tu alma conecte realmente. ¿Y por qué esperar para hacerlo?

Es una pregunta que me ha recorrido desde hace algunos años. Ser existencialista me hace cuestionarme por el sentido de la vida constantemente, y ese día, al finalizar la jornada, cuando pude darle a mi pareja el abrazo que esperé todo el día, me preguntaba: ¿por qué todo siguió tan normal?, ¿por qué no paramos?

¿Qué pensará una persona en el momento en que asume que no puede salir de un edificio que se cae a consecuencia de un terremoto? ¿Cuál será el último pensamiento que pasará por su mente? ¿Será acaso ese correo que no se respondió o ese Excel que quedó pendiente de formular? Hoy mi primer pensamiento fue que mi pareja estuviera bien con los suyos, que mis papás estuvieran seguros y que mis amigos estuvieran bien, al mismo tiempo que, en medio del susto, evacuaba a las personas con las que trabajaba. Se sintió el riesgo; la conmoción se apoderó de muchos y muchas lágrimas cayeron por pensar en lo que estaba pasando.

Sin embargo, ¿qué es lo que realmente importa? ¿El trabajo?, me pregunté ese día mientras escribía esto. No lograba entender por qué todos seguían aparentando una tranquilidad, ignorando lo que estaba pasando o priorizando la reunión laboral: ese tema prioritario que se debe responder, ese correo que se debe gestionar, mi necesidad que es más importante que la de los demás... Ese día suspiré desde el balcón y me pregunté en qué sociedad nos estamos convirtiendo.

Me pregunto cómo puede existir tanta indiferencia ante el dolor del otro, en qué momento vale más una pared, un edificio o una iglesia que el dolor humano. Solo hace seis años una pandemia conmocionó todas las bases; nos recordó que no es más rico quien más dinero acumula, pues este no le podía garantizar salud y mucho menos una cama en un hospital. Hace seis años estábamos encerrados la gran mayoría mientras en los hospitales el personal de la salud, aun con miedo y mucho temor, afrontaba el panorama más incierto. Leí intenciones de cambio, escuché plegarias a un Dios a cambio de valorar aquello que nos parecía tan obvio: la vida, la salud, la familia. Hoy, con algo de dolor en el alma, veo cómo algunos seres humanos tienen más de seres que de humanos, aprovechando un momento coyuntural de un país para ganar reconocimiento (entropía pública, porque si no es vista, parece que carece de valor) y priorizando el cuidado de edificios, fachadas y reliquias por encima de la misma vida. Nos olvidamos de lo esencial: las personas.

Llena de impotencia le dije a mi pareja, ahogada en llanto: «Quisiera poder hacer más». Hoy esta publicación es un desahogo de impotencia ante la injusticia social de una sociedad oportunista que ve en el dolor del otro una oportunidad de mercadeo; profesionales en psicología ofreciendo sus servicios como una oportunidad para su negocio, aprovechándose del temor, la angustia y la ansiedad para decir: «Este es el momento de iniciar terapia, hoy un terremoto te recordó que la vida se acaba en un instante».

¿En qué momento nos perdimos tanto de rumbo? ¿Cuándo nos olvidamos de lo colectivo? Y, peor aún, ¿cuándo aprendimos que la tragedia es una oportunidad de negocio?

En estos momentos se escucha, se contiene y se acompaña a quien lo necesita, no solo para aumentar el valor de recaudo en una cuenta bancaria. Es en estos momentos donde el privilegio de haber recibido una formación se pone al servicio de la humanidad y no de la rentabilidad; es en estos momentos de fragilidad donde descubro de qué tipo de personas estoy rodeada y, definitivamente, de cuáles quiero estar alejada.

Hoy elijo sumarme a la resistencia de un capitalismo voraz que pretende que las ganancias de un país, que van a las arcas de unos pocos, están primero que la vida de las personas que, gracias a su trabajo, les permiten acumular riqueza.

Hoy quiero sumarme a la multitud de personas que decide ayudar, que suma un cambio; quiero ser fiel a mis principios, así eso me enmarque en eso que con tono despectivo me dicen: «comunista». Elijo leer a Marx, Foucault, Nietzsche; elijo preguntarme y elijo actuar en coherencia con mis principios aunque eso me haga de izquierda, aunque eso me convierta en una amenaza.

Hoy alguien, sin saberlo, me recordó que no quiero seguir dando vueltas en un laberinto sin salida. La salida no es recorriendo el camino que me llevó a perderme en unos sueños impuestos, sino construyendo mi propio camino: ese que conecta con mis sueños, con mi alma, con eso que desde pequeña me enseñaron... que nadie es más porque tenga más dinero; se es más porque se tiene más humanidad. Qué curioso que, siendo seres humanos, necesitemos enmarcar una cualidad en la palabra «humanidad».

Un día a la vez, un paso a la vez. Sandra Jurado




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