¿A qué velocidad estamos viviendo?

 

Somos expertos en evitar que nuestro celular se quede sin batería, pero nos hemos vuelto analfabetas en leer las señales de reserva de nuestro propio cuerpo. Nos enseñaron que para «ser alguien» debíamos trabajar duro para lograrlo sin medir el esfuerzo, pero nadie nos advirtió que, en ese afán, podíamos terminar siendo desconocidos para nosotros mismos.

Un día amas la calma de despertar al lado de alguien que amas, la tranquilidad de un día sin agenda, sin corre-corre, sin afán más que estar presente para el otro. Ambos sin celular, sin distracciones, solo tú con el otro al lado, caminando por un barrio lleno de ruido, pero tu cabeza en calma porque tu mano va tomada de la persona que te hace sentir en paz en medio de un caos. Luego, en el silencio del hogar, en soledad, reafirmas que valoras la calma: el ronroneo de los gatos y el sonido de una melodía tranquila. Amo sentirme en calma acompañada por otros y en mi propia compañia. ¿En qué momento cambié tanto?

Miro hacia atrás y recuerdo cómo en un tiempo viví de un lado para el otro, de un aeropuerto al otro por temas de trabajo. Días que iniciaban a las 4:00 a. m. y terminaban a las 11:00 p. m. porque había que aprovechar al máximo el viaje; debías sacar muchos pendientes en solo dos días y medio. Esperas en el aeropuerto peleando con la conexión wifi que no permitía adelantar trabajo entre conexiones y un cansancio que en ese momento se sentía bien, pues ese era el corre-corre constante que me dijeron que necesitaba para ser alguien, para ganarme un lugar en un mundo laboral que me llevó demasiado lejos de mí.

Eso fue ya hace algunos años; hoy mi ritmo laboral ya no se mueve entre aeropuertos y conexiones, sino entre días llenos de reuniones, mensajes por responder y muchos temas por resolver, y he de confesar que me gusta. Sin embargo, algunas épocas aún se sienten demasiado agotadoras para hacerlas lo habitual.

Un día, manejando hacia mi hogar, me pregunté mientras el semáforo cambiaba: ¿ha valido la pena dormir mal, el dolor de cabeza, de espalda, de hombros, el cansancio que siento para construir lo que tengo? Mi respuesta no fue muy alentadora, como me pasa con frecuencia. Espero que para ti que me lees la respuesta sea más alentadora. Agradezco inmensamente mis oportunidades de hoy, que se construyeron con los esfuerzos de muchos ayer; sin embargo, hoy con mis 38 siento que me faltó más conexión conmigo y menos conexión con el trabajo para no perderme tanto en el proceso. Cada vez veo más publicaciones que invitan a parar, al arte de la contemplación, al maravilloso milagro de no hacer nada, y hoy comprendo la importancia de estos momentos y del equilibrio entre la vida laboral y la vida personal.

En una sociedad que invita constantemente a la hiperproductividad, parece una revolución el simple hecho de parar y contemplar el cielo, disfrutar de la compañía de alguien sin un celular cerca. Hay quienes se ofenden porque su mensaje no fue leído y contestado en el término de la inmediatez; pareciera que vivir se redujera a un contacto rápido y fugaz para solucionar algo. Ya no importa si detrás de la pantalla hay un ser humano, solo importa que la respuesta sea rápida: «por eso se llama mensajería instantánea». Más no respuesta instantánea, cada vez se respeta menos el ritmo del otro y escuchamos audios a 1.5 o 2, pues no tenemos tiempo para perder respetando el ritmo del otro.

Un entorno que no permite parar está condenado al agotamiento y, definitivamente, a quemarse y dañarse. Somos muy cuidadosos con nuestro celular, tratamos de evitar a toda costa que no se descargue o lo desconectamos antes de la carga total no vaya a ser que se dañe la batería; algunos otros con el carro estamos atentos a que no se quede sin gasolina y el refrigerante esté en su tope máximo. Sin embargo, a veces olvidamos parar para hacer una pausa activa. El dolor de espalda nos señala que llevamos mucho tiempo en la misma posición, la tensión en el cuello y los hombros señala a gritos que paremos, pero el correo no da espera, la mensajería instantánea se acumula en el chat. 

Me di cuenta de que no necesitaba un jefe que me obligara a trabajar un domingo o alargar ni jornada en semana; yo misma me había convertido en ese amo opresor al revisar el correo por voluntad propia. ¿Cómo parar si debes responder rápido? ¿Cuántas veces elegimos estirarnos menos de un minuto y volver a sentarnos frente a una pantalla? Muchas veces no solo para trabajar, sino también para hacer eso que gusta, en mi caso escribir; sin embargo, hay días que mi cuerpo no da más y termino acostada, relegando un momento de conexión conmigo porque ya no hay energía. ¿En qué sociedad tan decadente nos convertimos y en qué momento me dejé engranar de tal manera que me duele el cuerpo, y no precisamente por hacer ejercicio, sino de estar quieta frente a una pantalla?

Hace poco alguien me contaba que tenía tanto trabajo y tantas cosas en qué pensar que había olvidado tanquear el carro, y le pasaba con frecuencia. Tanquea cuando la alerta de reserva se enciende; eso para mí sería la angustia de no saber en cuánto tiempo encontraré una estación de gasolina y por eso, en mi carro, procuro que no baje de medio tanque para estar preparada para los trancones de la ciudad. Esta misma persona ese día llegó al parqueadero y se bajó tan en automático que dejó las luces encendidas. Cuando un compañero le dio la alerta, no recordaba dónde tenía las llaves del carro, y fue tal el nivel de despiste que vio ese compañero en ese momento que, cuando ella encontró las llaves, él le dijo: «Tranquila, yo voy y se las apago». Y ella respondió: «Y si tienes tiempo, aprovechas y me lo vas a tanquear».

Yo me pregunté: ¿ese nivel de automático le aplicará para todo en la vida? Cuántas veces nos puede pasar que no escuchamos las señales de nuestro cuerpo que nos indican que está en reserva de energía. No nos alimentamos bien y corremos el riesgo de enfermarnos, así como el carro se apaga al quedarse sin gasolina. En cuántas ocasiones delegamos a alguien por falta de tiempo que nos compre algo rápido en el supermercado que nos entretenga el hambre aunque no alimente, porque no podemos parar a cuidarnos; y ni siquiera porque alguien externo lo exija, sino porque nosotros, en nuestro diálogo interno, le damos prioridad a todo menos a nosotros.

Mientras reflexionaba internamente decidí preguntarle: «¿Cómo te estás cuidando?». Y me dijo: «No tengo tiempo para eso, tengo demasiados pendientes, ya tendré un día tranquilo, ¡necesito vacaciones!». Como si 15 días compensaran 350 días de no parar. Eso es como llevar un carro a full velocidad esperando que no se dañe el motor porque solo puede pasar 15 minutos para tanquear.

Esa conversación me hizo reflexionar y preguntarme por qué me negocio tanto, por qué no descanso en semana como debería, por qué no he vuelto a pintar, y hace tanto que no toco la organeta que debo comenzar de cero. Y me hice a mí misma la misma pregunta: ¿cómo me estoy cuidando?, ¿qué estoy haciendo para que mi cerebro no se funda como un motor sin gasolina o un celular sin carga?

En un día de descanso abrí mis ojos y un visitante recurrente estaba conmigo: el dolor de cabeza y el dolor de espalda me recordaban lo que no había hecho bien toda la semana y me prometí ser más consciente de cómo me estoy cuidando. Así, un día comencé a tener un temporizador que señalaba que había pasado una hora y debía parar para hacer una pausa activa. No niego que algunas veces siento la tentación de ignorarlo, como tantas veces ignoré la señal de mi reloj que me decía que llevaba mucho tiempo sentada, pero esa semana algo cambió. Me quería cuidar, no me quería acostumbrar al dolor, quería buscar ese anhelado equilibrio que se puede construir; saber que puedo ser más eficiente SI descanso bien, que mi creatividad llega cuando me permito parar, disfrutar de mi compañía y conectar con lo que amo y con los seres que amo, sin abandonarme a mí en el proceso.

Compartir con mi pareja una conversación que puede durar horas porque estamos presentes el uno para el otro, sin celulares, sin listas de pendientes, sin correos por responder. Estos momentos deberían ser menos lujo y se deberían volver infaltables; momentos que llenan de vida la vida, así como los momentos que recargan el alma en soledad para poder compartir con los demás.

Ser humanos en su pleno significado y no solo «seres humanos que trabajan», como dice Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio. Desconexión en un entorno que pide hiperconexión.

Esclavos sin cadenas ni grilletes visibles, esclavos de mandatos aprendidos cuando no se tenía el criterio suficiente para cuestionarlos. Pero, ¿quiénes seríamos sin las cadenas que nos frenaron por tanto tiempo para avanzar y nos enseñaron que intentarlo dolía? Cadenas imaginarias, pensamientos internos que nos frenan y nos dicen: «no eres capaz, no eres suficiente, ¿por qué se fijaría en ti?, no eres tan buena como crees, te vas a equivocar, ¿para qué lo vas a intentar?, eso le pasa por confiada o por sana». Esa vocecita interna que se formó a lo largo de los años a través de cómo nos definían los otros.

Desde pequeños confiamos en lo que nos dicen los adultos, es eso o morir. Aprendemos que el amor es condicionado: si eres la niña o el niño bueno te premian, si no, te castigan. Existen infinidad de experimentos que nos muestran que, como animales filiales, los seres humanos necesitamos del otro para sobrevivir; somos la única especie que necesita de sus padres hasta bien entrada la adultez.

Varios gritos de libertad se dieron hace muchos años ante varios amos opresores y, con sorpresa, algunos esclavos no estaban de acuerdo con su libertad pues su identidad era ser esclavos; si les quitaban eso, ¿qué serían? ¿Qué pensarían si nos pudieran ver hoy, más esclavos que antes? Y como dice Byung-Chul Han, ya no necesitamos un amo opresor que nos esclavice; nosotros por voluntad propia lo hacemos para construir patrimonio, para tener el celular último modelo, para mostrar en redes que no nos quedamos atrás en el impulso desenfrenado por acumular experiencias y consumir en una sociedad que nos vendió sueños por cumplir. Propósitos por los cuales luchar cada día, así en el proceso solo te queden 15 días al año para descansar.

Quién sería el esclavo sin sus cadenas; ya no las necesita, ya las tiene introyectadas. ¿De quién y dónde aprendimos que la vida es sacrificio? Vendimos nuestra libertad por unos espejos hace miles de años y hoy la seguimos vendiendo. Somos esclavos en un mundo que se cree libre y no hay peor esclavitud que la que no se nombra porque no molesta, por que se normaliza. La modernidad llegó a cubrir todo con el «tú también lo puedes lograr», ignorando el costo de esta frase. Solo queda trabajar duro para lograrlo.

Ser consciente del entorno que nos rodea es el primer paso para cuidarse, para frenar, para alimentarse bien, para descansar. Ser productiva laboralmente y también serlo como pareja, hija, amiga y cómplice de la vida que quiero construir. Elegir cómo me quiero cuidar hoy para que mi yo de unos años se sienta sana y orgullosa de los pasos que elegí cada día, de los días realmente vividos, del tiempo compartido de calidad con las personas que amo. Esa es mi apuesta: seguir siendo buena profesional sin dejar de ser yo.

Un paso a la vez, un día a la vez. Mile Jurado

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