La libertad de no encajar

 

Hay una edad en la que uno deja de intentar encajar y empieza, por fin, a habitarse.


Cómo cambias en 10 años. Hoy miro mi pasado algunas veces con nostalgia y muchas otras con agradecimiento por el camino recorrido. Sin embargo, mi edad actual tiene un significado especial: los 7, 17, 27 y ahora los 37 han sido décadas de historias, cambios, risas, llantos, decepciones y, sin lugar a duda, mucho aprendizaje.

Por muchos años he sentido que soy una pieza rota, una pieza de un rompecabezas que no encaja en ninguno. Esa sensación la he tenido en varias situaciones, una de ellas por ejemplo: cuando hago parte de una conversación solo de cuerpo presente, porque mi mente siente que no encaja con la temática conversada o con algunos juicios emitidos, ante los que prefiero mantenerme en silencio. Esa sensación de no pertenecer a la familia porque piensas tan diferente que no logras comprender por qué naciste en ella; sentirse una pieza diferente en un mundo que espera igualdad, que espera encajes perfectos en lo demarcado socialmente, encajes que parecen sencillos en un engranaje que, para pertenecer, debes perder tu individualidad.

Todo el tiempo tomas decisiones: qué ruta seguir, qué comer, qué decir. La vida está llena de elecciones y cada una trae una renuncia. Hoy me pregunto qué elegir, qué me trae tranquilidad. Gabriél Rolón dice: “Toma la decisión con la que puedas vivir”, y precisamente eso es lo que pienso antes de tomarlas. ¿Puedo vivir con las consecuencias de esta decisión? Es lo que me pregunto ante las decisiones más trascendentales de mi vida.

Últimamente he sido más consciente del tiempo que pasa y de valorar el momento presente, y hoy en especial algo ronda en mi cabeza. Alguien a quien hace muchos años no veo me preguntó: “¿Por qué has cambiado tanto tu forma de arreglarte?”. Y esa pregunta me hizo consciente de mi transformación en muchos aspectos.

Hoy trato de caminar más liviana. Elijo tenis ante tacones, cabello corto con sus ondas libres y canas brillantes. Suspiro y amo lo que soy hoy, y agradezco también la que fui: la que se levantaba dos horas antes de salir para dedicarle más de una a que su cabello estuviera liso e impecable, tacones de siete centímetros, vestidos elegantes y ropa de oficina.

Hace 10 años todo eso se sentía bien para encajar en un entorno que te miraba de arriba abajo y te juzgaba por usar tenis un miércoles o llegar con el cabello húmedo. Tiempos aquellos donde primaba el sacrificio de encajar sobre mi comodidad. Y lo más curioso: hoy, cuando miro atrás y me dicen “siempre estabas como un postre”, te veo muy alternativa, sonrío al leerlo, porque hoy me siento mucho mejor y con menos carga de encajar en un entorno en el que me sentía ajena.

Hoy elijo dormir bien y levantarme aún con una hora antes de salir, porque soy increíblemente lenta para organizarme y me encanta hacerlo con calma. Ver mi cabello suelto y sus rizos formándose mientras se secan. Elijo tacones porque quiero, no por obligación. Puedo trabajar presencial de tenis de lunes a viernes y me encanta.

No tengo que tener dos roperos: uno para la oficina y otro para la vida cotidiana. Puedo sentirme libre de ser yo cómodamente, y no se pone en duda mi conocimiento porque llegue a una reunión en tenis o en tacones. En algunos entornos laborales anteriores era como si el conocimiento lo llevaran los zapatos o la ropa de marca de quien los usaba, y no el cerebro del ser humano que participaba del espacio.

Hoy, mientras caminaba, pensaba en cómo todo lo que ha pasado a lo largo de la historia de mi vida es precisamente lo que me permite disfrutar todo con ojos de sorpresa, de admiración. Caminar desde la estación del metro a mi casa hoy es una oportunidad maravillosa de ver el atardecer mientras camino escuchando una de mis canciones favoritas. Parar en un puente y simplemente sentir el viento que envuelve mi cabello y me refresca, observar por donde camino, dar pasos lentos, sin afán y sin dolor.

Son placeres pequeños de la vida. Y si eso es ser alternativa, amo serlo. Ir en contracorriente en un mundo que exige ir rápido; ser natural en un mundo lleno de cirugías para cambiar físicamente un vacío que no se arregla así.

Veo publicidades que prometen maquillajes perfectos, lisos perfectos, abdomen perfecto. Yo quiero ser imperfecta. Quiero ser humana, sin la exigencia de un mundo que va a tal velocidad que olvidó lo importante: sentir, vivir, ser. Simplemente ser.

En ocasiones me pregunto qué se esconde tras tantas cosas postizas, si ya somos perfectos por el simple hecho de existir. Y no estoy en contra de verme y vestirme bien. Me encanta mirarme al espejo y sentirme orgullosa de mi reflejo, aún más cuando mi reflejo, incluso en pijama, me hace sentir bien y orgullosa de mí.

Qué tan necesarios han sido algunos cambios. Qué bonito es para mí hoy ver mi pasado para agradecerle que me enseñó que valgo por lo que soy, no por lo que uso.

Me encanta vestirme bien. Me encanta ir a comprar ropa sola; es uno de mis planes favoritos. Es una cita imperdible conmigo misma para conversar cómo nos queremos ver.

Amo y agradezco esos momentos, al igual que la posibilidad de tener un hombre y amigas en mi vida que me ven hermosa sin maquillaje, que admiran mis crespos naturales, que me aceptan como soy en mis luces y mis sombras.

Esa aceptación no llegó fácil. Han sido años de terapia, momentos de diálogo interno tirano al mirarme al espejo: elegante, impecable y con los ojos tristes porque sentía que no era suficiente, que debía ser más flaca, hacer más ejercicio, cuidar mejor el cabello, las uñas siempre impecables.

Llantos frente al espejo porque no me gustaba mi reflejo, aunque el exterior viera una profesional segura e impecable, con una lucha interna muy bien cubierta de maquillaje y ropa linda.

Así que a esa persona que me dijo que le parecía mejor como era hace 10 años, hoy le digo: amo más mi yo de hoy, porque camina lento, disfruta, ríe a carcajadas, ama con intensidad y poco a poco va aprendiendo que estar en su sofá con su tablet y sus gatos alrededor es un regalo maravilloso.

Una mirada de amor de quien tienes al frente, una complicidad coqueta en un espacio compartido, amigas que me acompañan… valen toda la pena para este término: “alternativa”.

Los años dan perspectiva, madurez y experiencia. Hoy miro con amor a mi yo de hace una década y comprendo que actué con los miedos de ese momento, con las decisiones que parecían correctas y que también sumaron experiencias positivas a mi vida.

Hoy, al recordar que la vida se vive un paso a la vez, un día a la vez, elijo caminar lento y disfrutar del paisaje.

¿Quién serías tú si dejaras de intentar encajar? 


Un paso a la vez, un día a la vez. 

Mile Jurado




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