La vida pasa incluso cuando no la miramos. Habitar el tiempo es decidir estar presentes mientras sucede.
Los días pasan como minutos olvidados entre el ajetreado día; la vida pasa frente a nuestros ojos como si fuéramos espectadores de una vida que, en ocasiones, se siente ajena. Ante la sensación del poco control que podemos ejercer sobre el paso del tiempo, poco somos conscientes de qué hacemos con las 24 horas del día. Tener una mirada existencialista de la vida me ha llevado a cuestionarme constantemente los amaneceres y los atardeceres como esa señal de que el mundo sigue su ritmo sin importar si uno es consciente de él o no. El amanecer se presenta así se esté dormido para no verlo, igual que el atardecer se posa en el horizonte para dar llegada a la oscura noche.
Me encantan los días laborales en los que cruzo la portería de la unidad en la que vivo aún siendo de día; es una felicidad que no se puede explicar. Esa sensación de todavía ver luz natural al abrir la puerta de mi hogar, para mí, es un momento de conciencia maravilloso que por unos años de mi vida me perdí. Entre madrugadas para trabajar y llegadas tarde, salía de mi casa con el cielo oscuro y regresaba con la misma oscuridad, esa oscuridad que fue tomando mi vida en automático, como si no existiera nada más.
Esa sensación de esa época es la que hoy me permite valorar tanto la posibilidad de salir de día y regresar de día, como una señal de una luz diferente en mi vida, esa que, a través de decisiones conscientes y otras no tanto, me ha permitido ir integrando a mi vida hobbies que me hacen desear llegar a casa al finalizar la jornada o desconectarme a tiempo del trabajo para poder dar paso a otra parte de mi vida.
Y hoy, aun con la conciencia de la importancia del equilibrio en el tiempo, algunos días se hace más difícil que otros. Hay semanas pesadas y me digo a mí misma: solo es un momento. Y de momentos en momentos se van llenando las semanas y los meses de días difíciles y pesados que retan mi energía para poder hacer eso otro que me recarga de vitalidad.
Tener la posibilidad de hacer una pausa laboral me hace reflexionar sobre varios aspectos, y recuerdo la mención que hace Mario Mendoza del olvidado asombro de estar vivos, tomada del poema Piedra de sol de Octavio Paz. Al ser consciente del privilegio de poder levantarme tarde un lunes, de apagar las notificaciones del mundo y dejar solo las de las personas con las que quisiera hablar, las personas de las que me interesa genuinamente saber cómo están, ese ejercicio de revisar mi agenda fue un golpe de realidad al darme cuenta de que el 95 % de mis contactos e interacciones son laborales.
Frente a algunos nombres me pregunté: ¿a esta persona le interesaría saber si yo estoy bien? ¿Por qué debería importarle?
Al final de este ejercicio quedaron solo unas pocas amigas y amigos, mis papás, mi pareja y, obviamente, mi terapeuta.
¿A quiénes elegiría hoy, si el tiempo dejara de ser infinito?
Es un ejercicio confrontador y no muy alejado de la realidad. Creamos relaciones mediadas por un vínculo laboral que es complejo sostener cuando ya este no se comparte. El ritmo de un nuevo trabajo, conocer otros compañeros, va generando que se prioricen esas personas con las que genuinamente sí conectaste y con las que quieres cuidar el vínculo. Y mi pregunta fue qué tanto estoy cuidando esos vínculos que me importan.
Aún en los días más ocupados, dedico unos minutos para tener conversaciones que son importantes para mí y si trato de tenerlas cada día con la conciencia de que algún día serán las últimas. Entre tanto corre-corre y priorización de temas, seguramente se me quedan muchas sin hacer. En ocasiones me digo: voy a saludar a esta persona para saber cómo está, y si no lo hago inmediatamente, lo recuerdo días después.
Hoy, ante la calma de unos días de pausa, amo la posibilidad de caminar sin prisas, desayunar despacio sin la presión de una reunión, almorzar disfrutando la comida y no con la preocupación de la reunión que me espera. ¿En qué momento la tranquilidad la reservé solo para los fines de semana o las vacaciones? ¿Cómo puedo integrar estos momentos a mi vida? ¿Cómo lograr el equilibrio para no olvidarnos de que estamos vivos aún en esos días que transcurren entre reuniones, pendientes por resolver, correos por responder y roles que atender?
Hace unos días, en una conversación con mi pareja, hicimos un ejercicio muy interesante: calculamos cómo estaba distribuido nuestro tiempo. Mis números no son muy alentadores, pero sí muy necesarios para tomar acción si quiero resultados diferentes.
Les comparto un resumen de este análisis: en una semana contamos con 168 horas que constituyen la totalidad de nuestro tiempo disponible, pero cuando la jornada laboral se mueve entre 10 y 12 horas diarias, entre 50 y 60 horas se destinan solo al trabajo. Si a esto se suman aproximadamente 49 horas de sueño (7 horas por día), ya más de la mitad de la semana queda comprometida entre producir y recuperar energía. Luego aparecen otros tiempos inevitables como el transporte, la alimentación, bañarse y las responsabilidades de la casa, que terminan de fragmentar aún más el día. En este escenario, el espacio real para hobbies, intereses personales y descanso consciente durante la semana se reduce a un número limitado de horas, que deben repartirse entre ejercicio, lectura, creatividad y vínculos. Esta distribución revela una verdad importante: la vida no se juega únicamente en el trabajo ni en el descanso, sino en esos pequeños márgenes donde elegimos qué hacer con el tiempo que queda. Por eso, dedicar horas a los hobbies no es un lujo, sino una forma de equilibrar una semana dominada por obligaciones y de recordar que el tiempo también debe servir para nutrir la identidad, la salud emocional y el sentido personal.
En ocasiones me pregunto por qué es tan complejo equilibrar entre tantos temas, y este ejercicio es confrontador y movilizador al mismo tiempo. Es mi decisión cómo asumir los datos: como un panorama devastador que confirma el poco control que tengo sobre mi tiempo, o como la posibilidad de ser más consciente de cómo lo uso para darle más sentido a mis días, desde lo laboral hasta mis hobbies, sin sentirme mal por hacerlo.
Crecí viendo unos papás muy trabajadores y responsables que no tenían tiempo para ir a verme en una obra de teatro o en un partido de baloncesto. Desde pequeña escuché: “no puedo, tengo mucho trabajo”, y otras frases relacionadas con la importancia de no parar de trabajar para poder cubrir múltiples aspectos. De esta manera interpreté y asumí que el tiempo disfrutado viendo a alguien que amas hacer lo que le gusta era tiempo perdido, porque se tenía que trabajar. Hoy, como adulta, comprendo que vivimos tiempos económicamente retadores, que en ese momento realmente se debía trabajar; no había tiempo para lo importante porque lo urgente era sobrevivir: tener para el mercado, los uniformes, los útiles escolares. Hoy mi adulta lo comprende, lo que me permite resignificar los momentos en los que sentí que era más importante trabajar que otras cosas.
Hoy, cuando me descubro a mí misma sin tiempo para hacer lo que amo, siento que olvido el milagro tan hermoso de estar viva. Cada vez entiendo más por qué soy tan trabajadora y responsable: esa era la única forma que aprendí de vivir la adultez. Vi cómo mi papá no disfrutó de espacios de familia porque había que trabajar, y cómo mi mamá siempre tenía tiempo para los padres de sus alumnos y sus alumnos porque eran temas del trabajo, pero no para otras cosas.
Hoy, después de muchos años y algunos regaños médicos por no parar, no hacer ejercicio y no alimentarme bien, estoy aprendiendo a caminar a un ritmo diferente. Entendí que la productividad poco tiene que ver con el número de horas que trabaje, sino con lo bien que descanse y alimente el alma y el cuerpo. Algunos días, o quizás semanas, es más retador conciliar y poder dar tiempo a todo; sin embargo, hacerlo consciente me permite cada vez lograr más este anhelado equilibrio.
Uno de mis mejores momentos en la vida es ver a alguien que amo disfrutar lo que hace, porque, a través de él, también conecto con algo que amo. Disfruto la posibilidad de tener conversaciones reales, sin celulares que llenen los silencios incómodos. Valoro el tiempo con mis padres y les agradezco, porque el ser humano que soy hoy solo es posible por sus enseñanzas y su ejemplo. Agradezco todas mis posibilidades y comodidades, conecto con mis talentos y disfruto las oportunidades que me trae la vida.
Cada día reafirmo más que vinimos a este plano a algo más que trabajar para producir, comprar o ahorrar. Es un imperativo categórico vivir. Simplemente vivir.
Si vivir es un imperativo, ¿cómo estás eligiendo vivir tus días?
Un paso a la vez, un día a la vez. Mile Jurado
Excelente reflexión! Muchas gracias por tus escritos!
ResponderBorrarGracias a ti por hacer la pausa para leerlo. 🥰
ResponderBorrar¡Cuánta verdad y magia en tus reflexiones! Acepto el reto y lo asumo con amor y consciencia. Un abrazo
ResponderBorrarGracias Pao, por leerlo espero que el reto sume todo lo positivo a tu vida 💕
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