Coincidir no siempre es encontrarse

 



“Entre la empatía y la simpatía hay una distancia que puede cuidar o herir.”


¿Qué hace que coincidas con unas personas y con otras no?, ¿qué diferencia una mirada de otra?, ¿por qué una persona en un café puede generar un interés diferente? Caminando por el aeropuerto me pregunto: tantas personas, tantas historias, tantas miradas… ¿cómo lograron coincidir en un primer momento?, ¿qué es eso que impulsa a hablarle a alguien por primera vez?

Conocer personas nuevas ha sido algo retador para mí. Usualmente voy tan distraída con mis pensamientos que no me doy cuenta cuando una mirada sea de interés para tener una conversación, una interacción que rompe el silencio; es un favor o una manera de establecer un contacto conmigo. Y no hablo solo de intención de ser pareja, sino de amistades genuinas que pueden nacer de una conversación en una sala de espera. En mi camino de vida he tenido la fortuna de coincidir con seres humanos maravillosos; seguramente también me he perdido de otros en el corre corre de mi vida.

Es curioso caminar y observar el movimiento del mundo y sentirme una extraña a su alrededor. A veces me pregunto si a los demás los habitan tantas preguntas como a mí. Por momentos siento que habito en la pregunta de manera constante y veo a los demás aparentemente tranquilos y contentos con sus vidas, y me pregunto quién sería yo sin mis preguntas, sin esta inquietud que habita mi corazón y mi alma. Quisiera ir más ligera de equipaje, soltar las expectativas y simplemente habitar un mundo que en ocasiones se siente ajeno.

Sentir o no sentir, cómo sentir en el equilibrio del justo medio, confiar o ver banderas rojas. Escucho historias de amigas y amigos y cada vez es más frecuente que todo termine enmarcado en banderas rojas. Es como si toda interacción con alguien que quieres conocer se convirtiera en una lectura activa de señales. A veces voy tan desprevenida por la vida que cuando alguien más dice “¿no notaste esa bandera roja?”, yo sonrío y digo: ¿quién soy yo para encasillar sin preguntar?

¿Cuántas veces algo que se ve como una señal de alerta es un corazón herido que aún no sabe cómo expresarse de manera correcta? Queremos a alguien sin heridas cuando, en ocasiones, a nosotros aún nos duelen algunas del pasado. Todos tenemos heridas: algunas ya sanaron, otras aún duelen y otras todavía sangran; son esas las que más se deben cuidar para no herir por temor a un dolor que el otro no ocasionó. Sartre dijo: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”, y es responsabilidad individual qué hacemos con las heridas, con las alegrías, con nuestra historia.

En ocasiones podemos ser muy duros para juzgar al otro que lo expresa, a quien lo vive, a quien tiene la capacidad de nombrar eso que quizás nosotros también estamos viviendo, pero no tenemos el coraje de nombrar. Terminamos anulando al otro, haciéndole a ese otro lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros. ¿Necesitamos un mundo más empático o un mundo más formado en la importancia de la salud mental?

Se habla mucho de empatía, sobre todo para exigirla de los demás y en pocas ocasiones para brindarla. Es fácil saber lo que te gustaría escuchar en una situación difícil; sin embargo, no siempre es tan fácil tener la respuesta correcta cuando se trata del otro.

Cada vez trato de ser más consciente de cuando me pasa a mí y me pregunto: ¿cuántas veces he sido yo esa persona que dice “al menos…” o como lo he escuchado en situaciones que me pasan “usted tan joven y con dolor para caminar”? Y la mejor respuesta que escuché fue: “Y así sufro yo porque me duelen las manos; vos estás más joven que yo y en fisioterapia para las rodillas, ¿cómo será cuando llegues a mi edad?” Y así, de la nada, la conversación se transforma en una lucha de simpatía para descubrir quién está peor. Porque hasta en eso somos competitivos, siempre la mirada puesta en la falta, en lo que el otro tiene o no tiene y yo quiero o no tener.

No niego que internamente me golpea mucho verme frágil y limitada, una lesión en la rodilla llego para enseñarme a frenar, estoy aprendiendo a cuidarme y, sobre todo, a pedir ayuda. A comprender que esos “al menos” o esas comparaciones simplemente son maneras del otro de sentirse bien consigo mismo; poco o nada tienen que ver con mi situación. Comprendamos un poco la diferencia entre ambos conceptos…

Para Brené Brown, la empatía implica conectarse con la emoción que otra persona está experimentando, sin intentar solucionarla, juzgarla ni disminuirla. Se basa en la presencia auténtica, la escucha activa y la capacidad de reconocer en uno mismo un sentimiento similar.

La simpatía es ver el dolor del otro desde afuera y responder con lástima o juicio. Es decir, se mantiene una distancia emocional: en vez de decir “estoy contigo en eso”, la simpatía tiende a decir cosas como “al menos…”, minimizando la experiencia del otro.

“La empatía alimenta la conexión. La simpatía, la desconecta.”


Piensa: ¿en cuántas ocasiones te has ubicado en el ring de la simpatía, con una lista interminable de razones para convencer al otro de que está bien porque nosotros estamos peor?

Si te interesa este tema, te invito a escuchar a Brené Brown.




Habitarse un paso a la vez, un día a a vez. Mile Jurado


Comentarios

  1. Definitivamente la empatía es algo que no terminamos de comprender y que es más complejo que lo que llegamos a imaginar... gracias!!!

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