Sentir para seguir: lo que aprendí cuando habité mi tristeza

 


¿Dónde habita la tristeza?

¿Cómo se instala en un pedacito de la vida, hasta que sientes que es más grande que los deseos de avanzar? A lo largo de mi vida, la tristeza ha acompañado mis pasos y, a través de formación, terapia y autoconocimiento, un día acepté que la depresión transitaba mi alma. Reconocerlo me ha permitido que cada vez logre salir más rápido de eso que llaman crisis. Yo le llamo bajón de vida. Cada vez que me pasa, la vida me va mostrando que en mí ya habitan muchas herramientas para transitarlo de manera más adaptativa y en armonía con mi ritmo. En ocasiones, en la soledad de mis pensamientos y con mi diálogo interno, sumado al abrazo de la persona correcta, la llamada sincera de alguien que me quiere y me escucha con la empatía para comprender que es solo un momento y que no me define, es allí donde reafirmo lo importante que es tener un círculo que te sostenga cuando vas en picada libre hacia el vacío.

Amo contar con seres muy especiales en mi vida que me conocen y leen cuando no estoy bien. A veces quisiera no ser tan transparente en mis emociones. Sin embargo, voy aprendiendo que no tiene por qué ser algo malo. Lo normal es fingir cuando algo te molesta o cuando alguien hace algo que interpretas como ofensivo. Me han dicho “eres muy fácil de leer” y me pregunto por qué eso es negativo. Debería ser algo natural poder ver al otro transitar por diferentes estados emocionales. Verlo así me ha permitido hacer las paces con lo que siento para poder transitarlo en calma, permitir que la tristeza habite mi corazón y mi alma para luego darle espacio a la tranquilidad.

Vivir la tristeza me permite reconocerla en la mirada de los demás. Es como si se apagara el brillo en los ojos. Esto me ha permitido tener conversaciones desde la sinceridad, en esos momentos desde la apertura de la escucha para comprender y no para juzgar y mucho menos para solucionar la vida del otro. Aprendo demasiado, y a través de mi experiencia guío la comprensión del otro de lo que está transitando.

En un anterior trabajo me enfrenté a varias contenciones de suicidio, momentos que me probaron como psicóloga, en los que sentí la adrenalina recorrer mi cuerpo. En esos momentos aprendí más de mi carrera que en muchos años de estudio. Luego me preguntaba: ¿Qué complejo cuando alguien siente que no quiere vivir? ¿Cómo anclarlo a la vida si la tristeza se adueñó de cada espacio de su existencia? Sé lo complejo que es sentirse así y, aún más, lo confuso que es, el no saber cómo salir.

La depresión se volvió una palabra normal. Sin embargo, ¿qué tan listos estamos para acompañarnos a nosotros mismos y a otros en episodios profundos de tristeza? ¿Cómo conversar con alguien a quien su mente le dice que no quiere vivir, que se cansó de luchar, que le perdió el sentido al despertar cada día? ¿Cómo conectar con lo hermoso de la vida, precisamente en esa posibilidad de no controlar cuándo morir?

¿Dónde ubicar en el cuerpo cuando duele la vida? ¿Qué duele o por qué duele? ¿Qué es eso que no vemos, que nos quiere enseñar esa tristeza? Es más, ¿cómo escucharla si estamos tan desconectados de nosotros mismos que no sabemos comprender ni lo que sentimos? ¿Cómo comprender esa tristeza que apaga poco a poco la existencia?

Hace unos días, le preguntaba a mi pareja: “¿No sientes que la vida pesa, que existir se siente como algo extraño? Si pudieras elegir entre morir o vivir, ¿cuál sería tu elección?”. Él es un enamorado de la existencia, y creo que por eso la vida lo puso en mi camino. Ante esta pregunta, su respuesta fue que no se lo había preguntado. Yo le compartí que en algunos momentos de agotamiento me entristece reconocer que mi elección sería morir. En terapia comprendí que, realmente, el deseo es morir a cómo estoy viviendo, a esos aspectos de mi vida que me llevan a que me duela el pecho al respirar; que algunos días sienta que no vale la pena levantarse.

En esos días en los que no disfruto ni lo que normalmente me gusta hacer —como escribir, practicar piano, leer, o admirar un atardecer sin el corre-corre de estar manejando, sino simplemente contemplando desde un lugar tranquilo—, el sueño reparador se ausenta para darle paso a una inundación de cortisol por el “estrés normal”.

¿En qué momento normalizamos el estrés? ¿Por qué justificamos tener dolor de cabeza todos los días, que duela el estómago después de ciertas reuniones o que el apetito desaparezca tras un momento difícil? La sociedad premia a los estresados porque logran resultados, aunque se gasten la vida ignorando el cuidado de la salud, las relaciones y hasta a sí mismos para lograrlo. Eso, para mí, no tiene ningún sentido. Y cuando me descubro repitiendo días sin energía para hacer nada más que trabajar, siento que la vida me pesa. Es en muchos de esos momentos cuando la tristeza habita mi alma.

En ocasiones siento como si mis pasos estuvieran anclados a un roble pesado que no me permite avanzar. Esa sensación de sinsentido y tristeza llegó a mi vida desde muy pequeña, y poco a poco fui aprendiendo lo difícil que es nombrarlo sin sentirte mal por hacerlo. “¿Cómo vas a estar triste si…..?” Una lista interminable de razones para no estarlo, a las que una termina respondiendo evasivamente.

Una definición de tristeza desde la Gestalt es:

"La tristeza es una emoción auténtica que emerge cuando una Gestalt se cierra: algo se ha perdido, algo se ha transformado. Es una señal de que una parte del alma necesita recogerse, dolerse, integrar y luego soltar. Sentir tristeza es parte del proceso natural de autorregulación del organismo." — Fritz Perls, Hefferline & Goodman, 1951. 

Una Gestalt es una experiencia emocional o vivencia significativa que necesita ser completada o integrada para que podamos seguir adelante. Cuando algo queda inconcluso —una pérdida, un cambio, una herida— nuestro cuerpo y nuestra mente buscan cerrarlo. La tristeza muchas veces aparece como señal de que algo necesita ser reconocido, sentido y soltado para poder sanar.

Desde niña recuerdo que me preguntaba qué sentido tenía hacer las cosas, y he aprendido que soy una persona que no obedece simplemente por cumplir. Para mí es importante tener una razón para hacer las cosas. Eso hizo que me preguntara muy rápidamente qué sentido tenía vivir, y es una pregunta a la que aún no logro encontrar una respuesta clara.

Se habla mucho de amor propio, pero ¿cómo salir del odio propio? ¿Cómo superar ese diálogo que te juzga y te critica tan fuerte? Existen muchas guías para comprender por qué razones internamente habita una voz que nos maltrata, nos señala y nos hace sentir mal. En ocasiones siento que nos odiamos de tantas formas… pero primero debemos comprenderlas para poder iniciar un proceso de conciliación con esa voz interna, para sanarnos y finalmente amarnos.

¿Pero cómo amarte, si el solo hecho de ponerte en pie se siente como un reto? ¿Cómo hablarte bonito si quizás no conoces una manera diferente de relacionarte contigo mismo?

A lo largo de la vida aprendemos a confiar... y también a desconfiar, sobre todo de nosotros mismos, de nuestras capacidades, de nuestros talentos. En ocasiones encontramos faros en el camino: personas que nos muestran la luz, que nos brindan calor, que nos dan una mirada de posibilidad. Pero también, en ese mismo camino, hay momentos en los que tu luz se apaga para no incomodar a quienes no soportan verla. Esos momentos en los que se puede sentir que ser uno mismo es malo por la consecuencia que deriva el serlo. Voy aprendiendo a soltar. Voy entendiendo que el camino de cada uno es diferente. Que quizás mi luz se convierte en la sombra de otra luz, cuando ilumino eso que el otro no quiere ver. Y por qué no… también la luz de los otros puede mostrarme mis sombras.

"La sombra representa los aspectos desconocidos o reprimidos de la personalidad, aquellos rasgos que el yo consciente no reconoce o rechaza, pero que siguen influyendo en nuestra conducta. Es el ‘otro’ dentro de uno mismo."— C.G. Jung, 1951.

Aceptar la sombra no es tan fácil como se dice. Tener la capacidad de preguntarse: ¿por qué esto me genera lo que me genera?, creo que es una forma de introspección profunda. Una apertura para mejorar, que en ocasiones no es tan fácil responder.

Somos seres en construcción toda la vida, nunca estamos acabados del todo. En el eje emocional, no he conocido a la primera persona que me diga “no tengo nada por mejorar” y que sea cierto. Diferente es que a muchos se les dificulta reconocer sus oportunidades de mejora. Y vayan por el mundo pensando que son perfectos, que el error solo habita afuera, como si no fueran dignos de equivocarse, cuando errar es lo más humano que tenemos.

Hoy, después de muchos años de un ejercicio terapéutico juicioso y de una inquietud por entender lo que me pasaba, comprendí que por mucho tiempo me identifiqué con mi sombra, o con la pulsión de muerte como lo nombra el psicoanálisis.

"La pulsión de muerte es una fuerza inconsciente que tiende hacia la repetición, la destrucción y el retorno al estado inorgánico. Se manifiesta en conductas autodestructivas o en el bloqueo del deseo de vivir." — Sigmund Freud, 1920.

Hoy pienso en lo curiosa que es la vida: tanto la luz como la oscuridad molestan. Por eso se habla tanto del equilibrio: ni tanta luz, ni tanta oscuridad. El objetivo es poder habitar con ambas, porque no somos sólo luz ni tampoco sólo sombra. Somos el resultado de los pasos que damos todos los días. Y para poder avanzar, hay que mirar hacia la luz... pero también integrar la sombra.

He leído que la sombra es esa energía que llevas dentro. Algunos la equiparan con un monstruo o un animal feroz que sale, ataca y se defiende. ¿Cómo no se va a defender si está herido? Cuando se está en calma y en un entorno seguro, no hay por qué defenderse.

Me pongo a pensar en un animalito indefenso y herido. Puede identificar instintivamente en quién confiar para recibir cuidado, pero a veces está tan herido que ni siquiera puede dejarse cuidar, porque no sabe cómo recibir amor. Ha sido tan lastimado que cree que todo el que se acerca es para hacerle más daño, y prefiere defenderse.

Lo mismo nos pasa a los humanos. En algunos momentos podemos estar tan heridos, que vamos por la vida hiriendo a otros, porque no sabemos cómo relacionarnos de otra forma. Porque aprendimos a relacionarnos desde el dolor, la herida, el maltrato, el señalamiento, anulando a los demás antes de ser anulados. Y si no tenemos la apertura para reconocer que algunas de nuestras acciones lastiman a los demás, esa será la manera en la que seguiremos relacionándonos. Culpando a los demás por alejarse, o escondiéndonos tras una coraza inmensa de fortaleza, cuando por dentro hay una niña —o un niño— temeroso, esperando no volver a ser lastimado.

Somos adultos porque se espera que lo seamos, pero por dentro seguimos siendo niños. ¿Cómo acompañar al otro con la empatía con la que miramos a un niño cuando está triste? ¿Cómo abrazarlo y acompañarlo sin juzgarlo? ¿Cómo ver al otro con ojos de posibilidad y no con la presión de “tienes que estar bien, lo tienes todo”? ¿Cómo comprender que la tristeza acumulada puede llevar al otro a aislarse para protegerse, para no tener que justificar lo que siente? ¿Cómo abrir espacios de conversación para sanar, libre de juicios, espacios de escucha real cargados de empatía?

Ser adultos trae consigo un contrato social implícito de estar bien, ser productivo y lograr muchas cosas. Hace unos días, compartiendo con mi sobrino, me sorprendió algo que dijo: “Los adultos no juegan. Los adultos solo trabajan.” Mi pareja le respondió: “Los adultos también jugamos”, pero mi sobrino no le creyó. Me dejó inquieta que un niño de seis años tenga tan claro que ser adulto es dejar de jugar, perder la capacidad de disfrutar tranquilamente de la vida. No deberíamos perder nunca esa posibilidad.

Después de esa conversación pensé: yo no quiero perder mi capacidad de jugar. No quiero que mi niña interior se esconda cada vez que quiere reír, contar un chiste, divertirse, sin sentirse observada y juzgada.

¿Por qué nos olvidamos de reír?
¿Por qué dejamos de jugar, de abrazar, de agradecer, de amar?
¿En qué momento la responsabilidad absorbió tanto nuestra vida que nos olvidamos de vivir?
¿En qué momento fue más importante cumplir con las tareas que cumplirnos a nosotros mismos?

A veces pienso que se me olvidó reír a carcajadas. Se me olvidó ser feliz, más allá de las tareas, los logros y las expectativas.

Volviendo a la conversación con mi sobrino, recuerdo cómo nos miraba y decía: “Los adultos no pueden jugar. Solo trabajan.” ¿Cómo puede ser posible que un niño de seis años ya tenga tan introyectada esa idea? Y me devuelvo a mi infancia: ¿Cuándo aprendí yo que los adultos no juegan? Que solo obedecen, no cuestionan, no piensan.

“Pensar es peligroso”, me decían. ¿Peligroso para quién? Para quien nunca se ha cuestionado. Para quien construyó creencias que no quiere ver derrumbarse. Para quien las preguntas lo incomodan porque no quiere aceptar que no todo lo sabe. Pero pensar es lo que nos hace humanos. Renunciamos a lo que nos hace humanos, mientras caminamos por la vida creyéndonos superiores a los animales. Y a veces los observo y pienso: ellos no guardan rencor. Viven el momento. ¿Quién enseña a quién?

Hoy, al escribir este texto, mi conclusión es:
Quiero volver a jugar.
Quiero volver a reír.
Quiero volver a conectar con eso que me hace feliz.

Aceptando que, para lograrlo, necesito de las personas que acompañan mi camino y reconociendo que muchas de ellas me sanan en esos momentos difíciles. Son personas que son curitas en el alma, desde la amistad, la familia, la pareja.

Hoy soy testigo de la importancia de elegir bien los vínculos. De rodearme de personas que celebran mis triunfos, me abrazan en los momentos difíciles y caminan conmigo paso a paso en este viaje llamado vida.

Me siento profundamente afortunada por las personas que me rodean, por quienes no luchan con mi luz, sino que la ven como una oportunidad de aprender de ella, por quienes ven en estos escritos una inspiración, una declaración de que se puede avanzar aún cuando algunos pasos duelan, aún cuando en algunos momentos no se tenga la fuerza suficiente para caminar.

Me siento impulsada por mí y por quienes creen en mis sueños y celebran a mi lado con alegría genuina que me vaya bien.

Celebro cómo elegí que mi vida cambiara. Cómo me hice protagonista de lo que quería para mí. Aún hay situaciones que me cuestan. Aún tengo momentos en los que llamo a mi pareja y le digo: “Siento que no puedo más, estoy agotada”. Y creo que eso, precisamente, es lo que me hace más fuerte.

No está mal ser sensible.
No está mal sentir que algunas situaciones se viven con más intensidad que otras personas.
No está mal tener la capacidad de mirarse en el espejo y decir: “Hoy no estoy bien”, pero este momento también pasará.

Permitirme llorar y sentirme segura al poder decirle a quienes caminan conmigo: “Necesito que me sostengas, ¡hoy no puedo sola!”. Poder sentir el apoyo de esas personas a través de una llamada telefónica, un mensaje o un audio es una gran bendición.

Hoy quiero agradecer a todas las personas que me han sostenido en los momentos más difíciles. Cada una sabe que la llevo en mi corazón y la valoro por su capacidad de acompañarme cuando ni yo misma me sentía bien en mi compañía. Soy afortunada de tenerlas en mi vida. Soy afortunada de contar con amistades sinceras con las que puedo ser frágil sin que esto tenga un cobro posterior. Poder contar con una pareja a la que le puedo decir sin temor lo que siento es algo demasiado valioso.

Hoy sigo caminando. Sigo aprendiendo a levantarme cada vez que caigo. Le permito a la tristeza llegar y preguntarle: “¡Hola, bienvenida! ¿Qué vienes a enseñarme hoy?”

La vida es un paso a la vez, un minuto a la vez, un momento a la vez.

Ya lo había dicho en otro momento: 

Gracias a la tristeza que llega a enseñarme a valorar la alegría. 
Gracias a mi sensibilidad que me permite conectar con los demás de manera genuina. 
Gracias a los pasos dolorosos que me enseñan que, aún con dolor, se avanza y que parar para recuperar energía siempre será la mejor opción.

Un paso a la vez, un día a la vez.

Sandra Jurado

Comentarios

  1. Gracias por ponerle palabras a lo que muchos sentimos y no sabemos cómo nombrar. Tu voz guía y abraza al mismo tiempo.

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  2. Gracias Sandrita por compartir tu sentir, tus análisis y conclusiones, ofrecen herramientas para quienes también en algún momento de la vida han transitado por la tristeza.

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  3. Niña, gracias por compartir tus conocimientos de sicología y combinarlos con tus experiencias de vida. Así podemos entender muchas situaciones personales y de nuestro entorno, para seguir madurando cómo personas e interactuar más acertadamente con los demás, especialmente con nuestros seres queridos. Estaré atento a tu próxima publicación. Dios te bendiga. Nelson.

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    1. Gracias por leerme y tomarte el tiempo de escribirme este comentario tan bello 🥰

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  4. Hola estimada Sandra, llego a esta publicación y es como si yo lo hubiese escrito. Hace dos años pasé 7 meses desempleado y se siente así, ahora llevo casi 2 meses y vuelve a reaparecer esa Apatía Emocional.
    Laboralmente, hay organizaciones bonitas que te salvan la vida, una de tantas es la CCA, 1 de cada 20 empresas son de esa calidad humana tan excelente. Bendiciones.

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  5. Hola, Ing, gracias por compartir tu experiencia con tanta honestidad. La apatía emocional que puede aparecer en momentos de desempleo es más común de lo que imaginamos, y muchas veces viene acompañada de preguntas profundas sobre nuestro valor, nuestro lugar y nuestro propósito.

    Me alegra saber que en tu camino has encontrado organizaciones donde la calidad humana hace la diferencia. Cuando eso ocurre, el trabajo deja de ser solo una ocupación y se convierte también en un espacio que cuida la vida.

    Ojalá este momento que estás atravesando también pueda abrir nuevas puertas y recordarte que los ciclos difíciles no definen quién eres, solo son parte del camino que vamos habitando.

    Gracias por leer y por tomarte el tiempo de comentar.

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