Mi corazón palpitaba como si huyera de algo invisible. En el silencio de la soledad, mi cuerpo hablaba lo que mi mente negaba. Ansiedad, miedo, angustia… pero también la posibilidad de reencontrarme.
Este es el camino que estoy aprendiendo a transitar: entre la taquicardia y la calma, un paso a la vez
Vivía acelerada, buscando cumplir con todo, ignorando las señales más sutiles de mi cuerpo. Hasta que un día ya no pudo susurrar más: tuvo que gritar. Ansiedad. Taquicardia. Pánico. Fue en ese grito donde comprendí que no podía seguir ignorándome.
Recuerdo cómo me decían: usted se quedó en la edad del por qué, todo lo quiere entender. Por un momento de vida pensé que era algo malo, pues veía cómo los adultos se encartaban con mis preguntas, o cómo se reían cuando preguntaba algo, y que cuando explicaban, realmente muchos no lo habían entendido y preferían no exponerse al preguntar, por años pensé que buscar respuestas era una carga, hasta que entendí que callarme me hizo más daño que preguntar. El cuerpo también pregunta cuando no lo escuchamos. Solo que sus preguntas duelen. Así fui creciendo y realmente siento que es una fortaleza mi deseo de aprender y de buscar respuestas. Sin embargo, a veces también juega en mi contra.
Hay momentos en los que pienso: ¿qué difícil entender qué activa mi ansiedad? Porque cuando estoy sola y en silencio, el corazón empieza a palpitar más rápido; a veces siento como si me gritara que lo escuche, como si fuera la sensación de: me ignoraste todo el día, con múltiples ocupaciones ahora acá estoy. ¿Cómo es posible que uno se acostumbre a esto? ¿Cómo es posible que se vuelva normal tener ansiedad y se justifique en las diversas exigencias internas y externas?
A veces me pregunto en qué momento empezó. No soy tan consciente de un momento exacto en el que me definí ansiosa. Hoy creo que es algo que inició hace mucho y por eso se me dificulta reconocer su inicio. El primer ataque de pánico, sí lo recuerdo. Es inevitable olvidar esa sensación de angustia incontrolable. En ese momento reconocía mis señales: iba manejando y sentía cómo se me dificultaba respirar, y la sensibilidad al ruido me hacía estar mucho más en alerta, lista para la huida. Fue difícil reconocer que estaba atravesando un ataque de pánico, comprender que ya no era solo ansiedad, era pánico. También recuerdo cómo me orillé a un lado de la vía, descansé mi cabeza sobre el volante y comencé a realizar ejercicios de respiración. Ya había presenciado ataques de pánico en otros y los había acompañado a transitarlos; ahora me correspondía aplicarlo en mí. Recuerdo cómo entró una llamada de una amiga que, como un ángel, me preguntó: ¿estás bien?, y con lágrimas en los ojos y la voz ahogada le dije: "no, tengo un ataque de pánico en este momento, esta situación me está superando" En ese instante tenía una avalancha de preguntas en mi cabeza que me hacían pensar en todas las posibilidades negativas del momento de vida que estaba viviendo. Ella me rescató de ese momento, me acompañó tras el altavoz de mi celular y me ayudó a volver a la calma.
Hoy, recordando ese momento, creo que pude haber hecho muchas cosas para evitar llegar a ese ataque de pánico. El cuerpo me enviaba señales todo el tiempo, simplemente las ignoraba. En ese momento no estaba durmiendo bien, comía poco porque no me daba hambre y tomaba en promedio ocho tazas de café por día. Lloraba todos los días, no practicaba ningún deporte, tenía mi cuerpo al límite. En ese momento muy pocas personas conocían la situación que estaba viviendo, y hoy las atesoro en mi corazón, porque me tomaron de la mano, me abrazaron y me acompañaron, como bastones que no me permitieron derrumbarme.
Es tan extraño hablar de salud mental. Recuerdo cómo quienes desconocían el momento que transitaba me decían: Pero usted, psicóloga, ¿cómo puede llegar a un ataque de pánico?, ¿no le enseñaron en la universidad qué hacer? A veces podemos ser tan fuertes para señalar lo que el otro debería hacer bien, lo que se supone espera que deba tener en control. Al inicio, me daba temor aceptar lo que me estaba pasando; sin embargo, un día comencé a sentir los mismos síntomas en un almuerzo con mis compañeros de trabajo, y dije: no puede ser, ya inició, y no era capaz de disminuirlo, hasta que me llevó al tope de un nuevo ataque de pánico. Ahora estaba frágil en el trabajo.
Me di cuenta de que nadie sabía qué hacer conmigo, y yo les iba diciendo qué hacer. Ese momento fue un quiebre: ya no podía seguir ocultando que no estaba bien. Poder nombrarlo abiertamente y decir: tengo ansiedad, me sirvió para comenzar a implementar cambios. Acepté que mi estructura estaba en caos, que mis cimientos se tambaleaban y que no sabía cómo volver a tierra firme.
Recuerdo que comencé haciendo ejercicio, alimentándome bien, disminuyendo la cantidad de café por día y procurando dormir siete horas. Cuando deje de tomar café me preguntaban que me pasaba que no iba a tomar café cuando era un comportamiento habitual y yo solo decía "me está molestando la gastritis". Hoy pienso en qué curioso que la salud mental tenga que ser explicada, en que exista tanto tabú para nombrar algo que nos duele a tantos. A veces siento que nos falta hablar más de salud mental desde la prevención, y considero que parte de la responsabilidad la tenemos precisamente los profesionales en salud mental.
Poco hablamos entre nosotros de este tema. A mi mejor amigo, que también es psicólogo, cuando le dije que estaba pasando por un episodio complejo, me dijo: Pero si lo tienes todo, ¿por qué te estás sintiendo así? le dije: No puede ser que tú, que eres psicólogo, se te dificulte comprender lo que yo estoy pasando. Eso lo acepté de mis papás, pero de un colega me dolió. Lo que me hizo preguntarme, en mi balcón, observando todos los edificios que me rodeaban: Si a mí como psicóloga me fue difícil encontrar quien entendiera la dificultad por la que estaba pasando sin juzgarme, entonces ¿cómo transitan las demás personas estos momentos de angustia, de soledad, de sentirse perdidos?
Yo entendía desde los manuales diagnósticos y desde mi carrera lo que estaba viviendo, pero cuando lo expresaba sentía una mirada que juzgaba. Aun cuando empecé a compartir muchas de esas sensaciones en este blog, algunas personas y me decían: ¿A usted no le da miedo exponerse así? O cuando una situación me superaba, porque aún me pasa, me decían: "¿Eso no es pues de lo que usted escribe en su blog?, aplíquelo.” Yo solo miré la persona que me lo dijo sin decir nada y pensé: yo no escribo para mostrar que soy perfecta; todo lo contrario, escribo de mis luchas y mis aprendizajes. En ese momento hubiera amado encontrar un texto similar cuando me sentía tan mal. Poder sentir que no lo vivía sola, que había otras personas que sentían ese vacío, que mi lucha no era tan extraña. Lo que estaba viviendo hacía parte de un duelo.
Este blog nace como mi ejercicio terapéutico de escribir, que me encanta, y con el propósito de que, si a través de mis líneas puedo acompañar a alguien cuando me lea, quisiera que sienta que no está solo. Que es posible superarlo tomando las acciones correctas, aunque ellas incluyan retirar personas de tu vida. Que puedan sentir que hay muchas personas que vivimos lo mismo, que transitamos el mismo dolor, que también hay momentos en los que nos da dificultad ponernos en pie de la cama, que es difícil alimentarnos bien, no porque no sepamos que es importante, sino porque ni para eso tenemos aliento. Y no está mal.
A veces el cuerpo y la mente necesitan una pausa que te imploraron por tanto tiempo que la tomaras, pero la ignoraste secuencialmente, y no tuvo otra manera de hacerse sentir que frenarte en seco.
¿Cómo hacer sentir a la mente que está en un espacio seguro?
En ese mismo espacio en el que en algún momento se lloró a cántaros por lo que se estaba viviendo, pero hoy puedo cerrar los ojos y decir: ha valido la pena el recorrido. Vamos a buscar esa calma que ya encontramos alguna vez, y cada vez será más fácil llegar a ella.
Cada vez tengo más herramientas. Cada vez es más fácil transitar este camino llamado ansiedad. Hoy sigo aprendiendo a escucharme, a responder mis preguntas antes de que el cuerpo tenga que gritar. Cada paso que doy es un recordatorio de que mi silencio ya no tiene que cargar con todas mis dudas.
Un paso a la vez, un día a la vez
Sandra Jurado

Cada palabra que se plasmas en este blog es tan valiosa, que cada que se leen en repetidas ocasiones, se sienten como si esa excelente persona y profesional. Enseñara y ayudará. Que gusto sentirse identificado y aprender.gracias ☺️
ResponderBorrarGracias a ti por leerme 🥰
BorrarLeer este escrito me conmovió profundamente. Es valiente, honesto y lleno de humanidad. Gracias por ponerle palabras al silencio que muchos viven en la ansiedad. Te admiro por compartirlo con tanta claridad y corazón. ❤️
ResponderBorrarQue emoción saber que te conmovio la lectura 🥰
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