¿Y si el propósito no fuera una meta, sino una manera de caminar?

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Vivimos en un mundo que celebra las metas, pero olvida el valor de los pasos. Este texto nace de esos días en los que detenerme no es una pausa, sino una forma de salvarme. Porque a veces, encontrarse es simplemente aceptar que estamos en construcción, y caminar a nuestro ritmo puede ser la mayor muestra de amor propio.

En algunos momentos, al finalizar el día, me siento como un ser humano en construcción en un mundo que espera todo listo. Navego en un mar incierto, sin más salvavidas que mi instinto, siguiendo como una brújula mis pensamientos, que me guían por un camino incierto, con tramos oscuros, algunos luminosos y algunos otros momentos de pérdida inevitable en los que me siento dando vueltas en círculo, tratando de conectar mi instinto con la brújula que orienta mis pasos, esa misma que activa mi salvavidas para salvarme cuando siento que me estoy ahogando.

En esos instantes respiro profundo y pienso, ¿qué es esto que llaman vida?, ¿cuál es el propósito de estar en este plano? Mucho se habla en diferentes contextos de tener claros tus propósitos. A veces siento que se pone demasiada tensión para llegar a la definición del mismo, ya que con él claro se considera que la vida tiene sentido. Hoy, al reflexionar sobre el tema, comprendo que perseguí por tanto tiempo, algo que creí era mi propósito, que desconecté mi instinto, guíe mis pasos por un mapa que no era el mío, y fue en los momentos en los que más perdida me sentí.

Hoy aún en algunos momentos, siento que no hay tiempo para aprender, para vivir, para disfrutar las pequeñas cosas de la vida a veces no tenemos ni tiempo para respirar en calma. Vivimos en un mundo tan acelerado que tener tiempo para hacer algo “no productivo” es extraño. Cada vez, me acostumbro más a preguntas como: ¿En qué momento escribes, practicas un instrumento, lees, trabajas y tienes pareja? Y yo les respondo: en ese tiempo que ocurre la vida después del trabajo, en esos momentos de conexión conmigo. Algunos me miran extrañados, y la respuesta más común que encuentro es: “siquiera usted tiene tiempo”, seguido de una lista interminable de razones para no tener tiempo: el trabajo, la familia, la pareja, los amigos, las mascotas…. En fin, se tiene tiempo para todo, menos para ser conscientes en qué lo invertimos.

Tener la posibilidad de hacer una pausa, de caminar lento, de disfrutar el paisaje, de admirarse por lo observado, es algo que no es solo para los días de vacaciones. Hace poco alguien me preguntó, a vísperas de los días festivos de Semana Santa: ¿Sabes qué hacer con tanta libertad en esos días sin trabajo? Mi respuesta inmediata fue: ¡claro que sí! Internamente pensé: qué pregunta tan curiosa. Luego reflexioné un poco sobre ella, y me recordé a mí misma hace varios años, en los que estaba tan inmersa en el trabajo y la universidad, que cuando lograba llegar a mi casa de día, me preguntaba qué había olvidado hacer, o si me iba a arrepentir al día siguiente por haber tomado una pausa para tener el privilegio de ver un atardecer en mi casa.

Me encanta observar mi alrededor: cuando camino, manejo, estoy en el supermercado, en el transporte público… En fin, disfruto estar presente para mí en cada momento y poder dialogar conmigo ante lo que observo. Cuando me transporto en metro, es una oportunidad para ver el caos en su esplendor: personas corriendo para llegar a su trabajo, algunos grupos de adolescentes a su colegio, una mezcla de conversaciones, música, videos de redes sociales, mensajes del metro y algunos, como yo, leyendo. En resumen ruido y más ruido.

Al observarlos me pregunto: ¿será que estás personas tienen claro su propósito? ¿O van por la vida, simplemente existiendo, como un mecanismo automático, viviendo una vida con muchos compromisos por cumplir, en la que la mente encuentra una distracción para perderse en el sin sentido de una vida muy ocupada?

Si la vida es el mapa, ¿cuál es la ruta que guía mis pasos?, ¿cuáles son las señales que me orientan para no perder mi rumbo?

Hoy tengo varios momentos de conexión que disfruto. Hablar con mi pareja y reflexionar juntos es uno de ellos. En ese momento siento que somos uno para el otro, genuinamente conectados en una conversación desde lo intelectual, desde la construcción, desde la misma diferencia, simplemente siendo felices juntos. Otros momentos son practicar piano, aprender, leer, disfrutar a mis papás, reír con amigos, aprender de compañeros de trabajo, resolver retos… ¿Será que tenemos un solo propósito o somos un tejido infinito de propósitos? 

Alguien con un único propósito no se permitiría desvíos, nada que lo aleje de ese camino, nada que sea una distracción. Seguramente alguien pueda pensar que compartir tiempo con amigos, pareja, familia, puede alejarte de tu propósito, debido a que cambias el uso del tiempo de enfocarte en tus metas por hacer otras cosas. Sin embargo, ¿qué tan importante es recargar el corazón y el alma de conexiones genuinas para seguir construyendo tu propósito? Tener la posibilidad de llegar a la meta y tener a quien mirar, para que se alegre por ti, para que te dé un abrazo de celebración, porque sabe todo lo que luchaste para lograrlo.

Sería interesante pensar si alguien que está tan conectado con lo que considera es su propósito, lo podría lograr solo, sin nadie que le haga barra, sin nadie que pueda escuchar su llanto cuando siente que no puede más, sin alguien que simplemente lo abrace y le diga: todo va a estar bien, cómo te puedo ayudar, lo lograste…

Si vivir ya es un propósito, ¿por qué enmarcar la vida en una sola meta? Vamos por el mundo, caminando a veces con pasos seguros, otros con dificultad y algunos otros con dolor. En ocasiones me pregunto ¿cuánta vida me cuesta cada una de las elecciones que realizo en el día a día? Algunos días siento como si mis pasos fueran sin sentido, un pasar de días llenos de reuniones, correos por responder, chat por gestionar, temas urgentes que no dan tiempo a los importantes. Hay días en los que pienso que son tantas horas entregadas a un trabajo, que no tengo energía para hacer nada más. Un día está bien, dos puede ser porque es una semana pesada; sin embargo, un cúmulo de días iguales, de solo reuniones, pendientes por gestionar, para al final del día dormir, y levantarme al siguiente a trabajar, es como la película del Día la Marmota, un repetir de días con la esperanza de que al despertar sea diferente. Esa sensación de vivir los días más por inercia que por conexión.

¿Cómo caminar hacia mí?, ¿cómo marcar la ruta en la que cada paso me acerque a eso que hace vibrar mi corazón y mi alma?

Con esas preguntas, comencé a hacerme otras para tratar de encontrar eso con lo que realmente siento conexión, ¿qué significa el sentido para mí?, y ¿cómo empezar a construirlo? Para mí llegar a las respuestas no ha sido un proceso fácil. A veces son preguntas que no sé cómo responder. Ante la angustia que me genera la incertidumbre de la respuesta. Comencé por hacerme consciente de que no tengo más expectativas que cumplir que las mías. Comprendí que si descanso bien, puedo ser más productiva, y si me cuido, hago pausas y me alimento bien al final del día, puedo leer, escribir o compartir un momento especial con alguien. Empecé a organizar mi tiempo para que cada momento tuviera significado.

Escribir es para mí una curita para el alma. Fue así como me propuse dar lo mejor de mí en mi horario laboral y retomar, posterior a la jornada: la lectura, el ejercicio y la escritura. A través de años de terapia, he comprendido que por muchos años estuve tan preocupada por cumplir las expectativas de tantas personas, que poco me había preguntado a mí misma qué era eso que realmente me hace sentir viva. 

Me he permitido avanzar a mi ritmo, fluir conmigo, con mis talentos, con mis temores. Hoy le apuesto al equilibrio en mi vida, a usar mi tiempo con intención y construí mi definición de propósito. 

“Mi propósito no es una meta lejana, es la manera cómo me relaciono conmigo y con el mundo, generar momentos de conexión en los que puedo conversar desde la empatía, no desde la urgencia de resolver. Mi propósito es dar lugar al silencio, escribir para entenderme, leer para nutrirme, escuchar mi corazón, sentirme para no perderme y compartir mis aprendizajes. Mi propósito es ser genuina, aunque eso signifique ser sensible, hacer de mi mente mi lugar seguro, de mí diálogo mi mejor aliado, y de mis sueños mi ruta.

Un paso a la vez. Un día a la vez.

Sandra Jurado – @unpasoalavez.sj


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