Respirar en la nostalgia: Más allá de la pérdida




Vivir un proceso de duelo es un recorrido de bajones y subidas emocionales. Existen diferentes razones por las que sentir que transitas un proceso de duelo: una separación, un cambio de trabajo, una amistad que se acaba, la muerte de un ser querido, entre otras, y creo que finalmente en todos lo que queda es la aceptación de una pérdida, la incorporación de una nueva realidad en la que algo que antes hacía parte de tu vida, nunca más lo será. 

A veces pienso que me siento poco preparada para estos momentos; sin embargo, miro atrás y reconozco cómo cada pérdida me va preparando y dando herramientas para afrontar los devenires de la vida.

En este momento en que nuevamente tránsito la adaptación de una partida de alguien cercano, algunos días me cuesta ponerme en pie, respirar, dormir, descansar. En ocasiones, al despertar y abrir los ojos, siento dolor en el pecho y me pregunto: ¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué me duele la vida? ¿Por qué me cuesta respirar? ¿Por qué en cada inhalación no siento que mis pulmones se llenen de vida, sino que se llenan de nostalgia?

Cierro mis ojos y en las últimas semanas quien llega siempre a mi recuerdo es Titi, mi nana, sueño con ella, conversamos y en esas tertulias que crea mi mente, siento como si aún estuviera conmigo y al despertar recuerdo que ya solo la veré en sueños, al comienzo siento un poco de tristeza y comprendo que es lo normal en el proceso de aceptar su partida, solo han pasado algunas semanas, un día me detuve a pensar el ritmo acelerado de mi vida, como todo siguió como si no hubiera pasado nada, un sábado la estaba despidiendo y sintiendo como algo de mí se iba con ella y el lunes estaba en reunión, bueno mi cuerpo estaba porque mi mente divagaba tratando de transitar el dolor y al mismo tiempo tratando de no conectar mucho con lo que sentía.

Por varios días no dormí bien, en la noche era mi momento de pensar en tantas cosas que en el día no tenían cabida, hasta que en una sesión de terapia me permití despedirme emocionalmente de ella y agradecerle por estar en mi vida desde el momento de mi nacimiento, ese día salí de la sesión conectada con un dolor que no me había permitido sentir, y por un día elegí no pedir ayuda a mi pareja, amigos o familia, pause, me puse ropa cómoda y llore en mi cama en posición fetal, recordando su último abrazo, estar sola me dio la posibilidad de llorar, simplemente llorar, sin justificar porque lo hacía, fue la mejor manera de asumir su ausencia, de apagar el ruido, de no tener compañía más que a mí misma y a mis gatos, fue volver a sentirme segura siendo mi refugio, reconociendo que puedo sola, que no siempre necesito ayuda.

Volver a esa zona segura de soledad me cuestionó un poco, porque precisamente estoy trabajando en solicitar ayuda y sobre todo en recibirla, reconocer que no siempre tengo que poder con todo sola y que para eso tengo personas valiosas a mi lado, sin embargo, también sabía que era mi tristeza y yo debía transitarla.

Parte del proceso de aprender a escucharme ha sido respirar profundo, buscando llevar mi mente a la calma para comprender las sensaciones que mi cuerpo manifiesta, en dolor de cabeza, no dormir bien y una sensación de desconexión. Fue así como decidí reconocer que su ausencia me duele y que es como una herida abierta que se lastima constantemente con todo, y que debo vivir un proceso de curación para cerrarla. 

Fue así como a lo largo de un día de llanto, reflexiones y escritura logré expresar un dolor que tenía guardado. Llorar para mí es sanador, definitivamente es la mejor manera de liberar mi tristeza y poder tomar la decisión de seguir y comenzar el proceso de aceptación.

Los duelos son retadores y al mismo tiempo brindan aprendizajes interesantes; comprendo cómo la vida a cada instante me enseña. Vivir este proceso me recordó cómo hace 2 años estaba viviendo un duelo de una manera muy diferente, un duelo en el que preferí ignorar por un largo tiempo lo que dolía. Me entretuve en el bullicio de una vida muy ocupada, que no me permitía ver al vacío al que me dirigía, hasta que un día la vida me sacudió y ya no pude ignorar el sinsentido en el que se había convertido mi camino.

En ese momento decidí empezar a trabajar en mí, a escucharme más y comprender qué sentido tenían esos meses de dolor. Recuerdo la angustia que sentía, tantas lágrimas al enfrentarme a una nueva realidad; en ese momento tenía tantas preguntas, que pensé que nunca les iba a encontrar respuesta. Hoy miro atrás y agradezco ese momento en el que decidí escuchar mi cuerpo y llorar, simplemente llorar, con 3 gatos a mi lado que me rodeaban con su ronroneo.

El aprendizaje de ese momento es el que hoy me recuerda que puedo sentir el dolor, que está bien estar triste y que estarlo no me llevará a un abismo, comprender que me duele la vida y que es algo momentáneo, que también pasará, así inicialmente me parezca tan lejano; es necesario transitar este momento para poder seguir adelante. De esto se trata este camino, de momentos lindos y otros no tanto, de risas y de llantos, de momentos llenos de abrazos y compañía y otros donde la mejor compañía eres tú, un libro y tu conversación interna.

Sentada en el balcón de mi apartamento, observando cómo el día se va y el firmamento se transforma para dar bienvenida a la noche, pienso en que definitivamente todo lo que inicia en algún momento finaliza, que la herida abierta que hoy duele, con los cuidados correctos, paso a paso sana, que la atención que necesitamos para sanar, la gran mayoría viene de uno mismo, que el amor y la paciencia para vivir el momento son los principales elementos para sanar.

La red de apoyo también es muy valiosa, es superimportante saber que tienes con quién hablar si así lo prefieres, que las personas se interesan en que estés bien, sin embargo, llega un momento en el que asumes, que la persona de la que más necesitas es de ti, que tu tristeza es tuya, y nadie puede sentir como tú, comprendes que el resultado de tu vida, tu mapa de sueños, tus cicatrices, tus dolores, tus anhelos, tus proyectos solo dependen de ti, asumes la responsabilidad de la elección de las personas que te acompañan en el camino, sin esperar que sean quienes lleguen hacerse cargo de tus dolores y ausencias, sino que son tus personas refugio, esas personas a las que puedes recurrir en los momentos difíciles y en los de felicidad.

Vivir mi tristeza sola me permitió valorar mucho más a mi pareja, a mis papás y a mis amigos. Comprendí que, gracias a los cuidados y compañía que sentí en un momento de inmenso dolor, me hicieron sentir amada, lo que sin duda ayudó mucho para transitar el momento. Sin embargo, al estar sola, entendí qué, por más apoyo y amor que recibas de los demás, la decisión de pararse y continuar es individual y está fuertemente influenciada por la conversación interna, por esa voz que queda cuando todos se van, por esa sensación de soledad que te abraza cuando todos duermen y tú simplemente estás ahí acostada con tus pensamientos.

De este momento aprendí que si me miro con amor y comprendo mi dolor, es mucho más fácil aceptarlo y continuar, asumiendo que no puedo controlar nada más que mis pensamientos y sentimientos y que depende de la calidad de mis pensamientos serán mis reacciones. Al escribirlo parece fácil; lograrlo es un reto interesante y constante, que se aprende todos los días, un paso a la vez, un día a la vez.

Sandra jurado - @unpasoalavez.sj


Comentarios

  1. Me sentí tan identificada. El duelo es justamente ese camino lleno de subidas y bajadas, de momentos de profunda tristeza y otros de aprendizaje silencioso. Gracias por poner en palabras lo que a veces es difícil expresar. Un abrazo.

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