Con tantas cosas por hacer, cumplir y vivir, a menudo me pregunto cuál es el riesgo de tener tantas expectativas.
¿Qué tanto nos beneficia o perjudica cargar con el peso de querer lograrlo todo?
¿Cuál es el impacto de tener demasiadas expectativas en nuestra vida?
Hoy al pensar en ello soy consciente que en muchas ocasiones el exceso de expectativas hace que me pierda de lo hermoso del momento, o que posponga sueños por algunos años, en algunos momentos nos desconectamos del presente y olvidamos disfrutar de cada pequeño avance, como cuando estás aprendiendo las primeras notas en un instrumento, para luego tocar una canción completa.
Hoy al mirar mi pasado recuerdo la ilusión con la que emprendí varios proyectos, cómo derrumbaba barreras para lograr lo que deseaba, paso a paso fui logrando algunos y también recuerdo como otros se quedaron en el baúl de los sueños olvidados, esperando el momento correcto para hacerse realidad.
Esas metas que quizás en su momento se fueron olvidando por la expectativa del esfuerzo que implica lograrlos y en otras ocasiones también el temor a lograrlo, algunas veces me he preguntado ¿y qué hago en caso de que si funcione?
Hoy siento que gran parte de mi vida le he dado más importancia en mi mente al pensamiento de: y si no… y si no funciona, y si me equivoco, y si fracaso, y si resulta que no era lo que quería, y el temor me comienza a invadir, empiezo a establecer diferentes opciones hasta que alguno de esos escenarios catastróficos que dibujo en mi cabeza gana la batalla y elijo la comodidad de lo conocido, recuerdo que mi mamá solía decirme "Es mejor malo conocido que bueno por conocer."
El camino de la vida me ha enseñado que en algunas decisiones se trata de un salto de fe, confiar en la intuición, escuchar esa voz interna que me dice, adelante tú puedes, escuchar a mi niña interna, llena de sueños e ilusiones, que me dice que soy capaz de lograr lo que me proponga, hoy al cerrar mis ojos, es la adulta la que se coloca a la altura de la niña para abrazarla y recordar con algo de nostalgia y lágrimas, que en ocasiones la olvido.
Hoy a mis 36 años, me siento feliz de mi camino recorrido, las caídas, los aprendizajes, los sí que hicieron que me perdiera y los sí que me volvieron a conectar con el camino, reconozco que aún me falta tanto por sanar, por comprender, que las heridas del pasado son solo cicatrices, que cuentan una historia que miro con amor para agradecer todo el aprendizaje y tomarlo a mi favor, para ser consciente de mis elecciones y de las razones por las que algunas situaciones aún me duelen y abren las heridas.
Una persona muy importante para mí me dijo en medio de una conversación, ¿sales de terapia y se te olvida lo que trabajas en ella? Algunas veces sí, y creo que no es un olvido voluntario, es un mecanismo de defensa que cuando se formó me protegía.
Estar en terapia es comprender que lo que un día dolió hoy no tiene por qué ser igual, este proceso de aceptación no es un proceso fácil, ni mucho menos mágico, es un ejercicio de mirar con amor el pasado para aceptarlo con sus momentos buenos y con aquellos que mis recuerdos configuraron como no tan buenos. Aceptarme sin tanta carga de expectativas, aprender a fluir para aceptar que la oscuridad, también me ha mostrado mi luz.
Cómo vivir, simplemente VIVIR, cómo sentir que todo es perfecto como es. ¿Cómo aprender a liberarnos de todas las expectativas?, ¿cómo caminar aceptando el recorrido y liberando la mochila emocional?, ¿cómo soltar esos momentos que aún duelen? Ese abrazo que nunca llegó, esos cuidados que no se dieron, ese “bien hecho” que espere por tantos años, y hoy acepto que nunca va a llegar, cómo comprender que puedes ser una barrera para que alguien que amas cumpla un sueño.
En ocasiones quisiera volver al pasado y recordar qué soñaba cuándo niña, poder sentarme a su lado y simplemente observarla tranquila, libre y sin tantas expectativas encima, sin tantos temores, ¿en qué momento crecer se nos lleva tanto?, en qué momento perdemos la conexión con nuestra esencia y con esos momentos que llenan de vida el corazón y el alma.
Cada día procuro tener espacios de reflexión que me permitan reconectar conmigo, para así poder reescribir la historia que me cuento, aceptando todos los capítulos como pasaron, estar en terapia no se trata de cambiar las situaciones, sino el relato interno que se activa ante una situación que abre una herida que pensamos sana, y que, sin embargo, la capa estaba tan frágil que se vuelve abrir, y vuelve a doler.
El proceso de aceptación, de amarse a sí mismo con su historia, pareciera fácil, es una demanda constante de los medios, de los amigos, de la familia, de uno mismo; sin embargo, es un proceso que requiere constancia para observarse y comprender las reacciones en diversas situaciones para hacerlas conscientes y mejorar con cada paso.
El autoconocimiento es un proceso, un camino en el que en ocasiones se avanza y otras se retrocede, un día creemos que estamos fuertes y cuando nos tropezamos, sentimos que volvimos al punto de partida, lo cierto es que nunca se retornará al punto inicial, siempre se avanza, siempre se elige, y se descubre que cada vez duele menos, o que aunque duele te repones más rápido.
Voy caminando tratando de no cargar las expectativas de tantos “debería” que escuché desde pequeña, quiero caminar a mi ritmo, lograr mis metas y disfrutar del camino de la mano de quien me hace feliz, hoy tengo mucho por agradecer y también aún mucho por seguir sanando, por seguir aprendiendo, por seguir escribiendo mi historia, mis sueños, mi propia melodía, bailar bajo la lluvia, correr feliz por un lugar, reírme genuinamente, sentir que mi corazón está vivo, no solo porque cumple majestuosamente su función, sino porque cada latido está lleno de conexión conmigo, con mi esencia, con mi composición interna, un paso a la vez, un día a la vez.

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