Sanando heridas: El poder transformador del autoconocimiento





Desde hace muchos años se habla de desarrollo personal, de trabajar en sí mismo, de buscar la coherencia y la tranquilidad, sin embargo, poco se habla de la lucha interna que implica mirarse a sí mismo, de reconocer que el principal problema no está afuera, de que la dificultad no son los demás, de que el principal generador de conflicto se refleja ante nosotros en un espejo.

¿Qué tan fácil es aceptar que debemos cambiar nosotros mismos?

Es más, que tanto trabajo conlleva, no solo mirarnos, sino aprender a escucharnos, aprender a sentir eso que la incomodidad viene a enseñar para poder llegar un día a tener mayor conciencia y autonomía en el desarrollo de eso que, en coherencia, conecta con nuestra esencia, aporta sentido y realmente hace acelerar el corazón y pone a vibrar el alma.


Para lograr esta conexión es necesario hacernos cargo de nosotros, y realmente asumir esos cambios que, aunque duelan, nos llevarán a un mejor actuar. Gandhi lo expresó: "Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo” Sin embargo, ¿Qué tan dispuestos estamos para cambiar? Qué tanta apertura tenemos para atravesar la incomodidad de aceptar que el personaje que construimos puede mejorar, que esa coraza que a veces nos hace ver fuertes e independientes es la misma que nos aísla, cómo reconocer cuándo me escondo, no solo por el peligro, sino por el temor de mostrarme frágil. 


Cómo identificar esos mecanismos que nos sabotean, esos comportamientos que en ocasiones nos pueden llevar a reaccionar con indiferencia ante las personas que amamos, quizás porque no sabemos como actuar ante sus sentimientos, porque nos sentimos abrumados o encartados con ellos, o quizás porque conectar con la fragilidad del otro puede llevar a reconocer la propia, y de esta manera comprender que usamos una máscara que nos ha servido para adaptarnos al mundo y que algunas veces también nos crea conflicto.

¿Qué tan ciegos podemos estar para evitar vernos a nosotros mismos?

Una situación muy frecuente en este proceso de desarrollo y aceptación de la propia sombra es ver en el otro todo lo que tiene por mejorar, esas acciones que debería emprender, esas decisiones que parecen tan obvias, y que no se comprende como el otro no las ve, o no las coloca en práctica si ha leído tanto, es muy frecuente que se busque solucionar la vida del otro a cuesta de ignorar la propia para desviar la atención de esas características que no queremos reconocer, porque percibimos alguna ganancia en ellas, sin embargo, si nuestra vida la mirara un tercero, ¿cuáles serían esas decisiones que para ellos son tan claras y nosotros no las vemos?

Empezar el proceso de reconocimiento de sí mismo no es fácil, en muchas ocasiones es doloroso, salen en nuestra defensa todas las creencias bajo las cuales nos justificamos y empieza el juego de culpas. Yo soy así por: mis padres, mis hermanos, los profesores, los amigos, los compañeros, la pareja; nos volvemos víctimas del sistema en el que nos movemos, así tenemos como decir "no es mi culpa, son las circunstancias”

Considero que la palabra culpa, nos puede limitar un poco, me gusta más responsabilidad, solo que aceptar, que soy responsable de mis acciones, mis pensamientos, mis elecciones, me mueve de la posición de víctima y me hace el elemento principal en esta ecuación llamada vida.

Tener la apertura para iniciar un proceso de autoconocimiento implica reconocer que no eres víctima, eres el resultado de tus elecciones diarias, tu presente es el resultado de eso a lo que elegiste dedicar tu tiempo.

¿Por qué puede ser tan difícil el proceso de desarrollo individual?

Mi proceso ha estado acompañado de llanto, negación y una que otra pataleta a mi terapeuta, no siempre es fácil reconocer que lo que un día funcionó como respuesta adaptativa ya no, que se volvió obsoleto, cambiar duele, como nos dolió crecer cuando niños, solo que ahora es un dolor que no pasa con medicamento, sino con conocimiento, el día que comprendí que el otro no me hace daño, sino que yo lo permitía fue el momento que marcó la diferencia en mi proceso individual y no de un momento a otro, han sido años de caídas, levantadas y más caídas.

Hoy doy gracias a las lágrimas derramadas, al dolor en el pecho y a los pasos que di cuándo solo levantarme ya era un logro, fue en uno de esos momentos de alta oscuridad que me pregunté ¿En serio quiero seguir así?, ¿Por qué me dolía tanto la vida?, ¿Por qué tenía tanta tristeza? Recuerdo cómo en ese momento de vida, solo unos pocos conocían como me sentía realmente, tratando de animarme, me decían: "tienes todo para ser feliz, ¿Por qué no lo eres?", recuerdo como a mi mejor amigo le contesté ¿Qué es todo?, y me respondió, "tienes una carrera, un trabajo, un carro, vives en un apartamento bonito, tienes a los padres vivos, tienes amigos que se preocupan por ti. ¿Qué te falta?"

En ese momento, respire profundo y le respondí nada de lo que nombras, me hace feliz y ahora me siento muy desagradecida, sus palabras en ese momento me cuestionaron, e hicieron que me preguntará que en esa descripción, lo único que fallaba era yo, era la descripción de alguien que no se tenía a sí mismo.

¿De qué vale lograr tantas cosas si en el proceso te pierdes a ti mismo?

Me había ignorado por tanto tiempo que se me dificultaba identificar realmente qué era eso que me hacía feliz, eso que me generaba ilusión y deseos de VIVIR, fue así como un día decidí ir a una librería, lugar que hacía muchos años no visitaba y compré algunos libros que me ayudaran a comprender lo que me pasaba, desde mi formación reconocía que probablemente estaba deprimida, y tome las riendas de mi vida, en terapia comencé a trabajar en identificar ¿Cómo había llegado aquel abismo? ¿Cómo trabajar para salir de él?, y aprender a reconocer cuando me dirigiera hacia allá nuevamente.

El proceso de la salud mental es un camino pedregoso, donde por temor al juicio del otro, se sonríe todo el tiempo para evitar la pregunta de ¿estás bien?, en ese momento hice un experimento, decidí que todas las personas qué me hicieran esa pregunta les contestaría, que no estaba bien, para ver como reaccionaban y el resultado fue curioso y no muy sorprendente, algunos evitaron responder evadiendo el tema, otros dijeron "que falla espero todo mejore", y la mejor respuesta fue: "que bien me alegra" Esa respuesta fue la mejor forma de comprender que pocas veces esa pregunta se realiza con el interés genuino de conocer como está el otro.

Es difícil encontrar quién comprenda el dolor sin juzgarlo, quién te escuche con apertura para comprender que hay días que no es tan fácil estar bien, es muy valioso contar con personas refugio con las que puedas ser frágil sin temor a ser señalado por serlo; la vida está hecha para los fuertes he escuchado, qué difícil es ser frágil y como sentirte en confianza para serlo con las personas correctas, cómo tener la asertividad para hablar de tus sensaciones sin el temor de sentir que quizás fuiste frágil con quién no debiste serlo, porque en cualquier momento pasara la cuenta de cobro por tu fragilidad; o porque quizás te pueden llegar a conocer tanto que en un momento de enojo pueden sin intensión enterrar su dedo en tu herida, porque saben muy bien donde te duele, son momentos de verdad en la relación con los demás, estoy de acuerdo con el hecho de que la debe aprender a sanarlo para cicatrizar soy yo, en que el problema es mío porque a mí es a quién me duele, sin embargo, que bonito sería estar en un mundo, donde no conozcan tu dolor para atacarte, sino para ayudarte a protegerte y a sanar.

Las palabras dichas con enojo son dardos afilados que se lanzan para dar en el centro, buscando ser certeros para aplacar eso que hace el otro que nos molesta, qué difícil es poder poner límites sin dejar pasar eso que te duele, qué difícil es decir lo que te duele sin que la devolución del otro te destroce más, sin que ese comentario de: “usted se estresa por esa bobada, por qué permites que te afecte esta situación, de que te sirve todo lo que lees, o el tan común usted es psicóloga y no es capaz de gestionar sus emociones…”


Ante esas palabras comprendo que la expectativa es la mayor fuente de desilusión, justo en ese momento que esperabas que alguien te cuidara y no lo hizo, que alguien te comprendiera y no fue así, ese momento en el que prefieres el silencio antes de tener que justificar que te duele el pecho, o que no encuentras como explicar que te quita el sueño, no siempre es la niña haciendo berrinche, no siempre es una pataleta, así como cuando niños te dicen no llores por eso, de adultos también nos dicen, no des tanta transcendencia a esa situación, ¿cómo saber si realmente es importante o no? En que momento identificar si definitivamente esa incomodidad llego para mostrarte algo con lo que no te sientes bien, algo que puede mejorar si decides mirarlo.


Esa sensación es la puerta al trabajo personal, a esa mirada interna, para abrazarse con amor y comprender que siempre existirán temas en los que mejorar, somos seres inacabados y siquiera, esa es la más hermosa posibilidad de continuar aprendiendo cada día.

Te comparto algunas de las acciones que puse en práctica en ese momento y que aún aplico:

  1. Agradecer cada mañana al despertar
  2. Mirarme con amor en el espejo.
  3. Verme linda sin maquillaje, aceptar mis canas, amar mi cuerpo.
  4. Hacer ejercicio, sé que lo recomiendan muchos, ver los resultados es maravilloso, me permitió dormir mejor y tener mayor concentración.
  5. Leer.
  6. Escribir.
  7. Evitar tomar bebidas alcohólicas.
  8. Alimentarme bien.
  9. Acostarme temprano.
  10. Dejar de ver series, para ver conferencias de temas de mi interés.
  11. Reconectar con la razón por la que estudié psicología.
  12. Compartir con amistades con las que puedo ser genuinamente.
  13. Encontrar un hobby.
  14. Ir a Cine sola y llorar con la película, sin temor al qué dirán.
  15. Viajar sola.
  16. Caminar lento.
  17. Hablar conmigo misma a través de un diario.
  18. Pasar tiempo de calidad con las personas que amo.
  19. Abrazar mis gatos.
  20. Aceptar que soy frágil.

Cada una de estas acciones fue un paso, un día a la vez, cuando me sentía lista para hacerlo, sin presiones, solo hacía eso que me generaba ilusión, fue así como con todas estas acciones poco a poco fui encontrando un sentido a mi vida, fui dejando de culpar las circunstancias, fui consciente de mis elecciones, comencé un trabajo interno que ha llevado años y que hoy con orgullo siento que ha valido la pena cada paso, cada tropiezo, cada descanso.

Reconociendo que es un trabajo que no para, y que a pesar de todo lo trabajado aún me frustro, aún me afectan circunstancias que sé que no están bajo mi control, sin embargo, voy a mi ritmo, no llegué a este punto corriendo, sino respetando mi tiempo y el de los que caminan conmigo.

Hoy que lees esta publicación te invitó agradecerte a ti por todos los esfuerzos, por todos los momentos que estando triste mostraste tu mejor cara al mundo esperando llegar a casa para descansar de la actuación. Porque la función debía continuar.

Te invito a mirarte y a vivir en conciencia eso que te llene de vida, de ilusión, de felicidad; dando un paso a la vez, un día a la vez, reconociendo que el camino recorrido es largo y fue necesario y así como se necesitó de mucho tiempo y esfuerzo construirlo, también se requiere de tiempo y esfuerzo para mejorarlo y sanarlo.

Sandra Jurado- Un paso a la vez





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