Aprendí que la perfección es un mito y que la autenticidad es la verdadera belleza
Equivocarme es uno de esos momentos que me aceleran el corazón, mi mente comienza a trabajar para encontrar la razón del error, siempre he tenido temor a equivocarme, creo que de cierta manera puede ser algo adaptativo, una manera de protegerse de la exposición y la consecuencia del error.
Recuerdo que desde pequeña me daba temor equivocarme, aún hoy no me enorgullece reconocer que se me dificulta fallar, sin embargo, cuando me equivoco, soy la primera en aceptarlo, aprendí que reconocer el error es mucho mejor que tratar de ocultarlo y terminar empeorando todo.
A golpes emocionales he aprendido que la perfección no existe, un jefe en algún momento citó a Voltaire y me dijo "lo perfecto es enemigo de lo bueno”, en ese momento era tanta la frustración que no lo comprendía, es más, pensé que era una manera de justificar algo que podría ser mejor, hoy recuerdo ese momento y acepto que me faltaban algunas caídas, antes de comprenderlo
La vida me enseñó que efectivamente la perfección tiene su luz y su sombra, ¿y cómo lo aprendí? Equivocándome, pasando horas revisando un documento para que al final, ya cansada, quedara mal, o mejor aún enviar el informe con el adjunto equivocado, tenía tanto temor a equivocarme que finalmente era lo que terminaba pasando, lo que me generaba gran frustración, lo que me llevó a otro polo, muy propio en mí, sentir que nunca lograría ser buena para nada y que finalmente por más que me esforzara estaba defectuosa, rota por dentro, así me convertí en una persona muy exigente conmigo misma en cada tarea asignada, buscaba lograr el objetivo y evitaba preguntar, así eso me tomara el doble de tiempo para lograrlo, me convertí en alguien callada y muy enfocada en mi actividad, prefería estar en silencio.
Siempre me ha encantado aprender y debatir sobre diferentes puntos de vista, sin embargo, en la universidad era esa estudiante que sabía la respuesta, pero dudaba que fuera correcta y la decía suave, alguien me escuchaba y la decía en voz más alta y se llevaba la felicitación del profesor.
Recuerdo que cuando estudiaba psicología en la universidad, buscaba la forma de salir en punto del trabajo para llegar un poco antes a clase, y tener la posibilidad de conversar con los profesores y algunos compañeros sobre algo que estaba leyendo o sobre una tarea, y eran momentos de felicidad y aprendizaje, aprendí muchísimo de esas tertulias, de esos momentos, de compartir conocimiento sin roles, sin embargo, al momento de ingresar a clase, me colocaba nuevamente la máscara y pocas veces elegía hablar.
Así transcurrieron muchos años y creo que me acostumbré a decir “sí”, aunque no quisiera, a decir “no sé”, para evitar el bochorno ante el riesgo de equivocarme y que se rieran de mí, ante este temor de ser expuesta por mis defectos, a que alguien viera lo rota y mal que estaba. Construí un caparazón fuerte, que me protegía, y al mismo tiempo me alejaba de los demás, prefería estar sola, poder dedicar tiempo a lo que estaba haciendo y así evitaba exponerme.
Me volví desconfiada, y ese aprendizaje me lo reforzaban algunas de las personas que han acompañado mi camino, cada vez que me decían que eligiera muy bien en quién confiar, ya que pocas veces alguien se acercaba sin una intención. Y lamentablemente las relaciones que elegía me confirmaban esa alerta, saludos solo para pedir favores, ser la buena compañera solo si le haces la tarea a alguien más, escuchar tus ideas para luego expresarlas como propias.
Así, poco a poco me convertí en alguien racional, silenciosa, cautelosa y desconfiada, trataba de analizar bien los datos, para tomar la mejor decisión, analizaba cada relación, escuchaba mucho y hablaba poco, ignoraba mis emociones a toda costa, pues consideraba que ellas me convertían en alguien vulnerable, y ser frágil ante los demás no era una opción, ya lo era suficiente internamente, como para correr el riesgo que alguien más lo notara. Y que ese alguien lo usara en mi contra, vivimos en una sociedad que tristemente ve el punto débil del otro como una oportunidad de debilitarlo, no de cuidarlo. Fue así como aprendí que no siempre el que me escuchaba lo hacía con buenas intenciones.
Fui consciente que debía hacerme cargo de esa situación, vivir prevenida solo me generaba tensión y fui descubriendo que ese temor a equivocarme se convirtió en un factor que, contrario de protegerme, me saboteaba, me bloqueaba, confiaba en las personas que menos debía hacerlo y cuando me enteraba de que efectivamente habían defraudado la confianza, usando la información que obtenían de mí para su beneficio, era la manera de confirmar mis creencias y finalmente el resultado tan temido termina pasando.
Esa sensación de desesperanza, ante no saber elegir bien en quien confiar me terminaba aislando mucho más, que triste, estar siempre a la defensiva, porque estamos en un entorno que si conoce tus debilidades, estás en peligro, sí identifican que botón tocar para lastimarte, no perderán la mínima oportunidad para activarlo.
Comencé a sentir que quizás mi caparazón realmente no era una protección, era un imán, terminaba atrayendo esas personas que finalmente solo buscaban un beneficio de su relación conmigo.
En una sesión de terapia, conversé sobre esta situación, y como me estaba afectando la salud, tenía largas horas de trabajo, ya que por ayudar a alguien, no administraba bien mi tiempo y luego debía reponerlo, no dormía bien, me despertaba en la madrugada angustiada por algo que debía hacer a primera hora; o por algo que no terminé porque lo había revisado tanto que al final me ganaba el cansancio y no tenía la energía suficiente para hacerlo de manera que permitiera estar tranquila, ante esta situación el psicólogo me enseñó la importancia de los límites, acordamos, que empezaría a decir no cuando la petición del otro, no me aportaría a mis objetivos, cuando el beneficio fuera solo para una de las partes y también debía empezar a revisar todo máximo 2 veces.
Al poner en práctica estas dos recomendaciones, me encontré que no era necesario revisar tantas veces los entregables, debía ser efectiva en 2 revisiones, lo que me llevó a ser más rigurosa, comprendiendo que el error es y será siempre una posibilidad, fue así cómo poco a poco fui confiando en lo que hacía, con el tema de empezar a decir no, sí se me dificulto un poco más, ya que algunos se incomodaron al comienzo, y no siempre lograba sostenerme ante el:, ¿cómo no me vas a ayudar?
No es un camino fácil, ha sido un proceso retador, aún tengo momentos en los que me despierto y tomo mi celular para escribir eso que en sueños recordé, y me angustia el temor de hacerlo mal, aun en ocasiones reviso varias veces un documento, antes de enviarlo, pido que me validen un texto de un correo, para evitar enviarlo masivo con algún error, en caso de tenerlos cuando me los indican, lo organizo, ya no me genera tanta angustia equivocarme, acepto que es imposible tenerlo todo cubierto.
Desarrollé en mí una capacidad de apertura a solucionar, tratar de dar respuesta de manera oportuna, en diversas situaciones, aprendí que todo tiene solución y si no la tiene no vale la pena entonces preocuparse, voy aprendiendo a ir más ligera de carga, aceptando que cada vez que me equivoco es una posibilidad para encontrar una mejor manera de hacerlo la próxima vez.
Cuando leí sobre el Círculo de preocupación e influencia en el libro de los 7 hábitos de las personas altamente efectivas de Stephen R. Covey, me permitió comprender que en muchas ocasiones invertía energía y tiempo en muchas cosas que estaban fuera de mi control y esto no aportaba mucho, al final solo me desgastaba y no tenía energía para lo realmente importante, aquello que me acercaría a eso que soñaba.
De esta misma manera aprendí a decir no, a esos pedidos que efectivamente me alejaban de mis objetivos, ya que cada sí que daba, significaba el uso de mi tiempo para otras cosas que pocas veces me acercaban a mi meta.
Luego leí una frase que me hizo mucho sentido ante esos cambios que deseaba hacer en mi vida:
Fue entonces cuando decidí tomar mi temor a equivocarme como algo a mi favor, comencé por aceptar que fallar siempre será una posibilidad y contrario a estresarme por esa posibilidad e intentar tener todo bajo control, busqué estrategias que me permitieran tener algo estructurado, con posibilidad de cambios, de adaptación.
Empecé creando listados que me permitieran identificar que estaba bajo mi responsabilidad, aprendí así a enfocar mi energía en las actividades que estaban a mi alcance, aprendí a confiar en el proceso, a hacer una cosa a la vez, así disminuir los errores, los olvidos y comprendí que para ser más productiva solo necesito estar tranquila, confiar en mis capacidades y que cuándo no conozca cómo hacer algo, puedo preguntar y eso no me hace frágil, por el contrario, no existe mayor apertura al conocimiento que cuando se reconoce la propia ignorancia, cuando se abandona la ilusión de querer saberlo todo, de tener todas las respuestas, todas las soluciones.
La vida se hace más tranquila, cuando enfocas tu energía en lo realmente importante. Por eso el primer paso es reconocer qué está en tu círculo de influencia, eso en lo que realmente podemos influir para mejorar nuestra realidad, para ello te invito a identificar tus preocupaciones del día a día, cuáles puedes mejorar a través de tus acciones, para orientar tu energía con el foco de tomar la vida de manera proactiva, para identificar cómo puedes disminuir lo que te preocupa y pasar a ocuparte de lo realmente importante, siempre un paso a la vez, un día a la vez.
Sandra Jurado - @unpasoalavez.sj
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