Actuación lograda, alma agotada


Imagen creada con IA

En ocasiones nos volvemos expertas en actuar una alegría impecable para evitar tener que explicar el peso que llevamos por dentro.

Te abandonas a ti antes de abandonar a otros. Lloras en silencio para no tener que explicar la razón de tu llanto; te lavas la cara, te miras al espejo y cuesta ver los párpados hinchados. Te maquillas, te pones gafas y sales al mundo con tu mejor sonrisa. Actuación lograda: todos te dicen que te ves bien, que eres muy alegre. Qué bien lo describió Kany García en su canción a la niña que fui: «Y entonces se disfraza con el traje de fuerte que solo se quita al llegar a casa».

Hay una tristeza que se instala en el corazón y el alma, y solo permite expresarse cuando dejas de pelear, de luchar por ser alguien digno, alguien que no está enojado. Lo curioso es que, cuando piensas que lo lograste, la tristeza te derrumba.

La fuerza te la daba la rabia. Luchar requiere de empuje y no hay tiempo para estar triste; la tristeza requiere de pausa, de calma, de conexión para poder sentir y darnos el permiso de llorar. Y no hay mejor distracción que estar muy ocupada tratando de ganar un lugar afuera, un espacio desconectado de tus verdaderos deseos.

Pero ¿cómo conectar con los verdaderos deseos si desde pequeños estamos a la merced de cumplir los de los demás para poder sobrevivir, para encajar, ser amados y respetados?

En un mundo en el que la igualdad se promulga como derecho, perdemos la capacidad de ser auténticos. Se debe ser como la religión, los papás, los profes o la sociedad esperan que se sea: no preguntes para no incomodar, calladita te ves más bonita, pensar no es de mujeres bonitas, ese carácter es de un hombre... Tantos prejuicios para encajar en un molde construido a la medida de ¿quién?

«Pensar es peligroso», me dijeron alguna vez. En ese momento no comprendí, porque estaba muy pequeña para entender la crueldad hacia quienes se atreven no solo a pensar, sino a reflexionar y actuar. Hoy me pregunto: ¿por qué es peligroso pensar? ¿Acaso no es eso lo que nos diferencia de los demás animales? Hay quienes se ufanan de la superioridad del ser humano sobre las demás especies, y veo más daño causado por humanos que por los animales. Hay tantos comportamientos destructivos con nosotros, con el planeta, con la vida, que no entiendo por qué es peligroso cuestionar, ir un poco más allá. Los grandes avances de la humanidad no se han dado precisamente por no pensar.

Una sociedad donde la impunidad y la indolencia dependen solo de si la persona es de una ideología común, una sociedad que te aísla por leer y estigmatiza por expresar las emociones, es lo que nos tiene hoy en una crisis de depresión y ansiedad. Nos creímos que podíamos conseguir lo que quisiéramos si estudiábamos y trabajábamos duro, pero nunca nos dijeron que la brecha es tan absurdamente inmensa que lo único cierto era que tendríamos que trabajar duro solo para sobrevivir, para tener algunas cosas de esas con las que soñamos en la niñez y la adolescencia.

Nunca nos dijeron que lo realmente importante no eran las cosas que tendríamos, sino la calidad de los vínculos que eligiéramos construir: ese abrazo sincero cuando no sabes ni cómo expresar que la vida pesa; ese hombro en el que recostarte a observar el cielo mientras las lágrimas corren por un llanto que hace tanto necesitaba salir que ni siquiera entiendes por qué estás llorando justo al lado de la persona que te da más seguridad y tranquilidad. Lloras porque te sientes segura de que quien está a tu lado vea esa fragilidad que solo salía en soledad, ese llanto que conoces tan bien acurrucada en el suelo de la ducha mientras el agua golpea tu espalda y las lágrimas se pierden en ella.

No nos dijeron que eso era lo realmente importante, aquello por lo que vale la pena esforzarse: construirse a uno mismo para poder construir con alguien más. Con el tiempo he aprendido que no soy mi cargo, mi carro ni mis pertenencias.

Sola en la quietud de mi apartamento, con las notificaciones del celular apagadas y la mente despierta, es que realmente empieza el camino de comprensión de algo. Cuando la vida pesa, el cuerpo pierde la batalla y cede el espacio a la mente, y esta toma el mando para pausar: aceptas que no quieres salir de la cama, y no por pereza, sino porque ya no ves sentido en hacerlo; los ojos llenos de lágrimas por una tristeza que estaba pausada esperando el momento para ser sentida porque antes no había tiempo. La soledad devuelve la mirada a lo importante, a ponerte en pie porque tienes hambre (y sentirla, curiosamente, dibuja una sonrisa: ya existe una razón para ponerte de pie, así sea con un suspiro por tener que hacerlo). El silencio del apartamento me permite leer sin mirar el reloj, sin prisa del tiempo, sin afán de terminar.

Aprendí a decir «estoy bien» para no tener que justificar por qué no lo estoy; aprendí a sonreír para distraer la mirada preocupada de quien sabía que no la estaba pasando bien; aprendí a callar para no molestar, a llorar a solas... hasta que un día las lágrimas ya no pedían permiso para salir y la sonrisa ya ni la quería fingir. Un día me dejé caer: ya no tenía fuerzas para fingir, y ese día comenzó el retorno a mí.

Comprendí quién me ama aun en mi tristeza, quién me cuida aun cuando no sé qué necesito y que, realmente, de esas personas que dijeron que estarían, solo unas cuantas lo hicieron. Aprendí a valorar el abrazo sincero de mis padres, el «¿cómo estás?» de mis amigos y la mirada al cielo en una noche de desvelo abrazada a mi pareja. Ese momento al que tanto le temí por años me enseñó realmente que lo importante de la vida no se mide en pertenencias: se mide en risas, abrazos, cuidados y en la mirada de amor que te entregan quienes te aceptan así sea en tu momento más oscuro, porque también conocen tu momento más luminoso.


Sandra Jurado. Un paso a la vez, un día a la vez


Para quienes no han escuchado la canción acá se las dejo:



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